Revisando: opinión

Por mucho que se haya dado la inversión tecnológica hacia los más jóvenes, no podemos dejar de lado la experiencia de quienes nos antecedieron, en honor a ellos no podemos dar la mano tendida a estos grupos. Que este aire fresco no maree la decisión de los canales y se dignen en ofrecer un contenido a la altura para aquellos que nunca han dejado sola a la pantalla chica, incluso en sus momentos más difíciles. 

Sin dudas que los nichos tienen una carga discriminatoria visible en que se prefieren a las generaciones más jóvenes y con alta capacidad de poder adquisitivo, el enfoque parece nuevamente privilegiar a aquellos que apuestan a las nuevas audiencias en desmedro a aquellas que les han sido más fieles a los medios tradicionales. Sería interesante como buscar alguna forma de superar este percance, pero hasta el momento, lo mejor que se puede realizar por parte de los medios tradicionales es efectivamente buscar a las nuevas generaciones, lo de Chilevisión fue un paso arriesgado pero que finalmente dio frutos.

Es que así están las cosas, hoy se consumen los diarios más que por las noticias y reportajes, se acude a ciertos personajes que opinan de la actualidad a través del ejercicio argumentativo.

Desde esta tribuna, y sobre todo desde este sitio, se busca constantemente que en este país exista efectivamente una mejor distribución en torno a la concentración de los medios, pero esta se debe hacer de una manera clara y sin usar subterfugios que generen sospechas, aunque éstas provengan de grupos interesados y que cuyo compromiso con la libertad de expresión no siempre resulta ser la misma en diversos contextos históricos y sobre todo, en diversos regímenes ideológicos. 

Si resulta reconfortante para el proyecto de Chilevisión el motivar a nuevos públicos e integrar de manera exitosa a las plataformas móviles, es algo que no puede dejar de olvidar en modelos venideros, pero si hay algo que paradojicamente ha quedado claro es que este ha sido un éxito de nicho, encuadrado en un público milennial y centenial, pero que es insuficiente para ser un éxito comercial.

Tal vez Gran Hermano Chile no genere el mismo impacto que su par argentino, pero al menos está estableciendo elementos reales de lo que debe ser la televisión debe asumir en los próximos años: trascender más allá de la plataforma convencional e ir hacia los nuevos públicos en los espacios donde éstos confluyen.

Aquí quepan las responsabilidades no solo de guionistas, productores y ejecutivos, sino del público en general que ve a la televisión como un mero elemento de entretención y no como un instrumento que refleje nuestros problemas como sociedad de una manera directa y sin alegorías. 

En Chile hemos llegado al paroxismo de que transmisiones que usualmente no tienen estos generadores permanentes se utilizan, como son algunas transmisiones deportivas e incluso en los premios Pulsar de la semana pasada se usaron de manera abusiva. Y el tema no es sólo la ya descrita contaminación en la imágen, sino que también en el poco aporte que genera la información que estos caracteres entregan.

Sigo creyendo en la televisión porque aún sigo creyendo en la gente, sigo creyendo en este proyecto de país llamado Chile, sigo creyendo que todavía se pueden hacer cosas positivas para el provecho de todos.

Si bien nunca la publicidad chilena ha destacado en mostrar a los chilenos tal como son, al menos en tiempos pasados esta industria hacía un buen ejercicio de imaginación en torno al anhelo de los consumidores, en muchos de ellos se ejercía un trabajo no menor de crear relatos emocionantes y apelativos al público. Hoy la industria publicitaria solo muestra características de los productos y servicios, envueltos en un contexto distante al de la mayoría de la población.