¿Para qué hacer un balance de lo que ha sido el año en materia televisiva si todos sabemos que el saldo es negativo y lo que viene no es auspicioso tampoco?
Revisando: Editoriales
Muchos defensores de la farándula han aprobado este nuevo aire diciendo que es un oasis entre tanta violencia y operaciones políticas que ejercen noticieros y matinales, sin embargo las conductas de algunos “próceres del farandulismo” no tienen nada que envidiarle a los delincuentes y narcotraficantes que llenan las pautas de los matinales.
Cada vez que Katy Perry va a Brasil, la Globo nos recuerda indirectamente que el camino que estamos siguiendo ha sido siempre el equivocado.
Mientras los VMAs alcanzan su audiencia más alta en cuatro años, y RTVE y la Rai buscan la innovación con espacios atractivos que lideran, en Chile se revive un muerto y se llama a los más funados de una cuestionada farándula para sobrevivir con lo que se puede.
En medio de bajas audiencias y paupérrimos niveles de avisaje, credibilidad y calidad, llegó lo más innovador que a sus criterios nos pueden ofrecer: Un programa farandulero hecho para sus nostálgicos.
Volver a apostar por un género que ocasionó la quiebra total de la industria durante la década pasada significa asumir, de buenas a primeras, un fracaso de la misma ante la arremetida digital y la baja de audiencia y de auspiciantes.
El eventual regreso a la farándula demuestra que la televisión chilena tiró la toalla frente a la baja de la torta publicitaria y la preponderancia de espacios digitales que lo hacen incluso mejor que los canales tradicionales.
Los que creemos en el pluralismo de los medios de comunicación, en la crítica sensata y mesurada, y que al mismo tiempo hemos investigado las distintas realidades de países que vivieron procesos políticos similares, tenemos derecho a estar preocupados.
Las salidas de Pitu Valenzuela y Yamila Reyna, y las contrapartes de la amenaza de Daniela Aránguiz de difundir un video sexual y Priscilla Vargas culpando a Maite Orsini de un asalto a pito de nada, demuestran que la televisión chilena está perdida en un pantano donde no tendrá escapatoria.
Esta es la televisión de la crisis, que no destierra sus fantasmas y lo que es peor: Quiere volver a abrazarlos. No tienen idea que ese “Gasparin” tiene sus armas bien afiladas y puede dejar otra hemorragia financiera, peor que la de 2014.