Partamos por la base de que a lo largo de la historia democrática, no solo de Chile sino que del mundo, han habido famosos que han intentado ingresar al complejo mundo político. Algunos con más merecimientos que otros. Claramente, este no es el caso de Javier Olivares, que desde que tuvimos la desdicha de verlo pisar el corrompido hemiciclo de Valparaíso solo ha destacado por imbecilidades.
Que la capa prusiana, que haber gritado “¡Viva mi general!”, que sus memes burlándose de una diputada de mayor edad (y de mayor inteligencia también), que la golpiza en Olmué donde hizo pasar un arrebato muy de su libreto como violencia política.
Y luego el trato déspota que tenía en sus programas. Que lo de Maura Rivera, que lo del arrebato con Placebo, que lo del auto de último modelo que compró sin saber manejar y que quiso lucir en la radio fallando en el intento, que ni en “Mekano” lo pasaban. Y tantas otras cosas que ahora sabemos.
Por supuesto que no faltará gente que a pesar de tanto y pese a todo, igual defenderá a Olivares porque según “es irreverente” y que los otros son unos zurdos resentidos.
Claro, porque es de zurdo resentido pedir que hayan diputados que hagan su pega. Y la pega de un parlamentario es analizar las leyes, votarlas si está de acuerdo y estar presente en sesiones y comisiones, además de hacer visitas a los distintos quehaceres de su distrito. ¡Lógico!
Y es de zurdo pedir que los diputados que son elegidos (se supone) tengan claras las complejidades de los cargos a los que aspiran. Sino, es desperdicio de dinero fiscal, y de papeletas impresas en el Servel.
Y es ahí donde yo me pregunté lo que dije en el reel y que todos los días me cuestiono. ¿Para qué sirve la democracia? ¿Si al final ganan los que hacen locuras en vez de redactar leyes o analizar las que vienen desde el ejecutivo? ¿Si nunca premia los méritos, el profesionalismo y sobre todo la inteligencia?
En 2021 no lo hizo, si el D’Hont prefirió a un youtuber en vez de una exvicepresidenta de la FECH y que tenía título, algo que el adicto a la grasa saturada no tiene. Menos lo hizo ahora, que tenemos según los sectores más moderados, el peor congreso de la historia.
Por eso al final uno se desencanta, se decepciona y termina desmarcándose de la democracia. Nunca premia a los que harían un trabajo serio, honesto y mucho más mesurado que el que hoy está haciendo Javier Olivares Avendaño, quien nunca le tomó el peso a las responsabilidades de sus actos ni en la tele, ni en la política.
La democracia no se recuperó para que tengamos a este raro especímen. Menos para que le roben el espacio a gente que sí es competente. Si es así, ¿entonces para qué carrizo sirve?
Por ello, si se pretende dar señales de que siendo una cosa útil, lo que corresponde ahora es su destitución. Y que le deje el puesto a quien si tomaría su puesto con seriedad, con todo el rigor que implique pertenecer a un mundo como la política.
Solo así la democracia vuelve a tener sentido.
