Revisando: Opinión

Ya revisamos en el primer capítulo de esta columna algunas de las finalidades de la relación de los dueños de los medios televisivos con el poder político, pero trataremos de dilucidar ahora la intención de estos grupos empresariales de llegar a tener un elemento tan influyente como es un canal de televisión.

No solo hubo un esfuerzo relativo a lo técnico, tambien hubo una serie de programas que hicieron carne la función integradora, desde programas que describían las artes y las gentes de las provincias (Esta es mi tierra, 1969), como documentales que mostraban en plenitud de la geografía del país (La tierra en que vivimos, 1982) e incluso programas que se emitían directamente desde algun punto de Chile más allá de los estudios de Santiago (Amigos, siempre amigos, 1983).

La pregunta que formulo y que trataré de responder tiene que ver con un factor que sucede mucho en nuestra industria. En la mayoría de los casos en que son víctimas personas y familias de escasos recursos o de clases bajas son asediados por los medios para que declaren sobre los casos. Llega a tal presión que los familiares terminan aceptando como invitados a los matinales, género televisivo que más aplica esta clase de asedio.

Todo final es un nuevo comienzo. Hace una semana el modelo televisivo que rigió la industria y que la llevó al descalabro total a mediados de la década recién pasada se despidió, ojalá para nunca más volver. ¿Qué viene ahora? Un proceso de transición.

Este “ensayo” es tal vez el más ambicioso que he realizado. Trataré brevemente de relacionar el modo de funcionar de los principales canales de televisión y los grandes grupos de interes que dominan nuestra sociedad.

El Colegio de Periodistas de Chile sacó un comunicado rechazando estas afirmaciones, diciendo que “resulta incomprensible que el Presidente Piñera se atreva siquiera a insinuar que las imágenes de violaciones sistemáticas a los derechos humanos sean un montaje e información falsa propagada por los medios nacionales e internacionales”.

Televisión Nacional vive una crisis de identidad fortísima. La ley que lo rige ya no sobrevive a los tiempos actuales. La lógica binominalista de la ley de 1992 desconoce la realidad política y social de nuestro país, como tambien es anacrónica a los desafíos y necesidades de la televisión actual