Durante esta semana, Donald Trump no supo afrontar el duro golpe que es el escándalo “bubba”. Primero se especuló con que se trataba de Bill Clinton, sin embargo, la realidad fue tanto brutal como chabacana: Era un caballo. Así como lo lee.
Luego, al ser consultado por el caso Epstein, mandó a callar a una periodista de Bloomberg llamándola “cerdita”. También las emprendió contra una reportera de la ABC amenazándola incluso con caducarle la concesión a la “network”. Incluso recientemente apareció la vocera de la “tuneada” Casa Blanca respaldando los insultos de su jefe.
Finalmente, amenazó con vigilar a todos los países que promuevan la diversidad, el aborto y la eutanasia. O sea, ya no mandan a la CIA a intervenir en gobiernos democráticamente elegidos como en los 60s y 70s. El descaro es total.
Mientras tanto, las frias y violentas pantallas matinales nos han mostrado solo sus excentricidades. Que la discoteca y sus decoraciones de oro que mandó a construir en la Casa Blanca son parte de su manera de ser, según José María del Pino, uno de los principales aduladores del magnate en la pantalla del 13.
Creo que se están demorando mucho en llamarlo como es. Porque un Presidente, sea del país que fuere, independientemente del tamaño o su poderío, no solo debe gobernar para su barra brava, sino que para todo un país. Quien amenace con las penas del infierno solo lo convierte en un tirano. Tal como Pinochet, Videla y Hitler. ¿O acaso en las reuniones de pauta del matinal de la señal naranjita adoran los régimenes autoritarios?
Lo peor es que los peores dictadores son lo que son y hacen los crímenes que hacen por sus propias frustraciones. El mismo Hitler fue un pésimo pintor, Pinochet era un huaso que hablaba pésimo, y más recientemente Milei se está desquitando con toda la sociedad argentina por los maltratos que tuvo de sus padres.
En el caso del empresario, carga con diferentes cruces. Entre sus fallidos movimientos empresariales, su forma despectiva de tratar a las mujeres, hasta lo que ya hemos conocido del pederasta.
Pero para los medios, puntualmente el matinal de Inés Matte Urrejola, no es tan importante como la invasión que quiere hacer en Venezuela o su intromisión en gobiernos que apoyen causas que no son las de él. O sus fiestitas en Mar-A-Lago. O que pueda ser tan pederasta como su amigo.
Muchachos, se están demorando demasiado en llamar las cosas como son. Donald Trump es un dictador. Y de los peores. De los más cumas.
