No, no voy a analizar el show de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl, ya ha habido mucha palabra escrita en torno a aquella presentación con mucha mayor autoridad que la mía para explicarla. Quisiera aquí exponer por qué el mundo de la academia se rindió a los pies a esta presentación, más allá de sus interpretaciones inmediatas, sobre todo ante la opinión, llena de prejuicios e ignorancia, de aquellos que buscan descalificar la presentación del puertorriqueño
La música es un producto cultural. Ni la más elaborada producción de Beethoven ni el último hit de Sinaka no se pueden entender sin un contexto que los interpreta. La música sin su trasfondo cultural y social son solamente hermosos ruidos que no se definirán completamente sino ponemos el trasfondo social bajo el cual se desarrollan. Esto ya define a la música no sólo un producto cultural, sino como un elemento de análisis académico con repercusiones profundas.
A partir de la década del sesenta del siglo pasado, una serie de académicos llegaron a definir que no se podían entender los grandes relatos sociales sin entender las manifestaciones culturales más mínimas, en desmedro de una interpretación que se hacía “desde arriba”, quiere decir desde las instituciones. Esto motivó a una serie de investigadores a impulsar una profunda revisión en las manifestaciones culturales de los pueblos, instancia en que la música cumplió un rol fundamental para entender la antropología de los más diversos grupos sociales, así como entender el espíritu de un momento histórico.
La historia de la cultura popular gana una posición fundamental para entender los últimos siglos, donde la cultura de masas gana mayor protagonismo. Es indispensable conocer las grandes manifestaciones artísticas para descifrar el pulso de los tiempos y mientras más se avanza en el siglo XX, más preponderante es el estudio de la cultura de masas para dimensionar los grandes procesos, eso queda más que claro cuando llegamos a la década de los sesenta, donde es inevitable analizar el aporte de la música rock en la transformación cultural de esos años.
Y aquí llegamos a un punto esencial, cuando se dimensionó que la música tenía un aporte que iba más allá de vender discos y llenar estados, sino que ser protagonistas de la historia, el ánimo de la industria cambió. Hoy podemos decir que está dentro del ADN de un músico interpretar el lenguaje social del tiempo en que vive y por eso su presencia en discusiones que van más allá de su faceta musical. O por una necesidad natural o una exigencia de los productores, los artistas dicen mucho más que una letra musical, están entregando de manera codificada en partituras el espíritu de su tiempo.
Llegamos al protagonista de estas dos semanas, Benito Martínez Ocasio, conocido por moros y cristianos como Bad Bunny. Tal vez es el mejor ejemplo de artista que en un momento de su carrera deja de realizar hits pegadizos y entiende que ser músico es también ser parte de un engranaje social, no sabemos si esto es impostado o fue una inquietud profesional de Martínez, pero su vuelco a una pretensión más elaborada y políticamente discursiva ha caído en gracia en los públicos más elitizados, esos mismos que le hacían la cruz cuando sus letras emitían frases lamentables contra la mujer, pero esta fase hoy olvidada de Bad Bunny puede ser aún más interesante que estudiar que su vuelco más sofisticado, el Bad Bunny trapero refleja mucho más de Latinoamérica que esa versión edulcorada y turística que se presentó el pasado domingo en el Levi’s Stadium.
Pues bien, la presentación del medio tiempo del Super Bowl, los Grammys del domingo 2 y los tres estadios nacionales repletos en enero pasado son solo un episodio más de como la cultura refleja y a la vez moldea a una sociedad en un momento determinado, obviarlo o desdeñarlo de plano implica un ejercicio de ignorancia supina y pretende simplificar los siempre complejos análisis sociales. Que Bad Bunny haga buena música, si su mensaje es sincero o que quedará en el listado de los grandes músicos de nuestro tiempo es otro debate.
