El jueves pasado, Antonella Ríos abandonó el set de Que te lo digo al borde de las lágrimas. No fue por una crítica profesional, sino por un golpe bajo disfrazado de “humor” por parte de Sergio Rojas. En medio de una conversación sobre la noble labor de ayuda en los incendios forestales, Rojas decidió insinuar que la nueva pareja de la actriz —un hombre fuera del mundo del espectáculo— tenía intenciones románticas con una voluntaria. “Ojalá la ayuda no sea meterse en la cama”, lanzó el periodista, banalizando tanto la emergencia nacional como la vida privada de su compañera. La reacción de Ríos fue visceral: se sintió humillada y expuesta. Sin embargo, reducir esto a una simple pelea de farándula sería un error; es la punta del iceberg de una prepotencia sistémica que se ha apoderado de Zona Latina.
La crueldad como marca personal
Sergio Rojas ha construido un personaje que parece inmune a la empatía, validando su crueldad bajo la etiqueta de “periodismo sin filtro”. Hace apenas unas semanas, el país fue testigo de su ataque gratuito hacia la familia de Rafael Araneda y Marcela Vacarezza, cuestionando las intenciones detrás de la adopción de su hijo Benjamín. Rojas no solo cruzó una línea ética al involucrar a un menor de edad, sino que, ante el repudio generalizado, se negó a ofrecer una disculpa sincera, optando por victimizarse y atacar a lo que llamó una “mafia farandulera”.
Esta falta de responsabilidad afectiva es alarmante. Rojas opera con una lógica de tierra quemada: no importa si es el hijo de un animador consagrado o la pareja anónima de su propia compañera de panel; todo es material fungible para su show. La pregunta es inevitable: ¿Hasta cuándo la “libertad de expresión” servirá de escudo para la agresión verbal?
Zona Latina: Un campo de batalla tóxico
Lo más preocupante es que Rojas no actúa en el vacío. Zona Latina se ha transformado en un escenario de toxicidad laboral televisada. La rivalidad entre Que te lo digo y Zona de Estrellas ha dejado de ser una competencia sana para convertirse en una guerra civil donde los ataques personales se transmiten en vivo. Hemos visto a Rojas denostar a sus colegas de canal, burlarse de las denuncias internas (como las que invocan la Ley Karin) y jactarse de una supuesta superioridad moral y de rating.
La gerencia del canal parece haber decidido que el canibalismo interno es rentable. Al permitir que sus rostros se destrocen entre sí y que figuras como Rojas ataquen impunemente a sus propios compañeros, están normalizando un ambiente laboral irrespirable. La salida de Antonella Ríos del set no es un berrinche; es un grito de auxilio en un medio que ha olvidado que, incluso en la farándula, la dignidad humana debería ser el límite intransable.
