La reciente amenaza pública de Ignacia Michelson contra Cony Capelli, con la posible difusión de un video íntimo, expone una preocupante normalización de la violencia digital en la farándula chilena. Lejos de tratarse de un conflicto menor entre figuras televisivas, lo ocurrido revela dinámicas de poder, extorsión y revictimización que merecen una condena clara.
Durante su participación en Fiebre de Baile, Capelli se quebró emocionalmente al relatar que Michelson la habría amenazado por WhatsApp con publicar material íntimo. “Estoy pasando por un momento difícil… me dijo que tenía videos íntimos míos que iba a publicar”, confesó entre lágrimas. Esta situación ha generado un profundo impacto emocional en la bailarina, quien vive con el temor constante de que el video sea difundido.
Michelson, lejos de retractarse, compartió capturas de conversaciones privadas en redes sociales, reforzando el hostigamiento y exponiendo aún más a Capelli. Esta actitud no solo vulnera la intimidad de otra mujer, sino que también incita a la violencia digital, al alimentar el morbo y la agresión en redes sociales.
El horrendo folclor farandulero: La violencia que Ignacia Michelson ejerce contra Cony Capelli
La amenaza de difundir contenido íntimo sin consentimiento constituye una forma de violencia de género digital. En este caso, se agrava por el uso de plataformas públicas para ejercer presión y manipulación emocional. Michelson, al actuar desde una posición de exposición mediática, refuerza prácticas tóxicas que perpetúan el daño psicológico y social hacia otras mujeres.
Capelli, por su parte, ha manifestado su intención de tomar acciones legales. “Si tú sigues, te voy a tener que denunciar”, advirtió, visiblemente afectada por la traición de quien fue su amiga. La situación también ha salpicado a terceros, como Jorge Aldoney y Skarleth Labra, en un conflicto que Michelson ha alimentado con acusaciones sin fundamento.
Este episodio no puede ser minimizado como un simple escándalo farandulero. Es una muestra clara de cómo la exposición mediática puede ser usada como arma para ejercer violencia. La responsabilidad de los medios y del público es no validar ni amplificar estas prácticas.
