Ha sido una semana de gloria para 31 Minutos, una de varias que ha cosechado en sus veintidós años de existencia. El éxito rotundo en el Tiny Desk de la NPR estadounidense ha abierto en torno al programa creado por Pedro Peirano y Álvaro Díaz una serie de discusiones que van más allá de la presentación en el consagrado espacio de la radiodifusión publica estadounidense y que se trasladan al siempre peliagudo escenario político. ¿Es 31 Minutos una representación política?
Digamos que este desafío ha sido levantado por sectores de derecha, los cuales tácitamente ha respondido-y ha aceptado-los grupos más progresistas. Pero, ¿Por qué la izquierda acepta la idea que un inocente programa infantil de titeres de bajo presupuesto sea considerado un espacio de difusio política? La respuesta está a que el espacio creado por Peirano y Díaz no se entiende sin otros elementos que hacen de 31 Minutos un programa que se explica más allá de este espacio. Digamos que 31 Minutos es un “programa extendido”.
Y si, el programa infantil de Aplaplac puede considerarse por sí mismo como “político” al considerar a los niños no como unos sujetos pasivos, sino actores críticos de su entorno (sobre todo el medio ambiental) y activos en la defensa de sus derechos. Pero, al menos en Chile estas ideas son aceptadas por un vasto arco político.
Puede ser también por las alusiones a la contingencia presentada en el Tiny Desk, donde se menciona las políticas antimigratorias de Trump, pero entendamos que el espacio estaba orientado hacia el público latino avecindado en los Estados Unidos y en donde la misma NPR corre riesgo de extinción por parte del gobernante republicano, por tanto, es algo de toda lógica estas perlitas en la presentación. Hay una idea que va más allá del programa y que se radica en las otras producciones de Aplaplac, nos referimos a Plan Z y El factor humano.
Y es que muchos de los televidentes del espacio de los títeres que eran niños en la década del 2000, con el correr de los años comenzaron a ver en Internet algunas de los cuadros humorísticos creados para los programas del canal Rock and Pop a finales de los noventa, y encontraron que además de las voces características que veían en el show infantil, encontraban una asociación lógica a estos espacios noventeros: un humor irreverente, un cierto atrevimiento al decir las cosas y sobre todo un incomodidad al escenario creado tanto en dictadura como en los prleros años de la transición.
Y es en este tema donde quiero quedarme, Plan Z fue muy duro con la idea de un pacto entre la dictadura (y sus defensores) y la Concertación para darle al país un camino de estabilidad institucional, incluso evitando atreverse a generar un una crítica a las instituciones por su rol en dictadura, como las Fuerzas Armadas (tal vez el mejor ejemplo es el mítico sketch “el país de todos”, la mejor analogía a la transición entre 1988 hasta la detención de Pinochet en Londres).
Para muchos quienes vimos estos videos, siendo adolescentes en la década del 2010, encontrábamos en Peirano y Díaz unos valientes, unos hombres decididos a desenmascarar el manto de impunidad formado desde el fin de la dictadura y denunciar a través de sus programas, una sociedad donde imperaba el doble estándar y los múltiples abusos de una sociedad de mercado creada bajobun escenario de represión.
Muchos vieron en estas producciones los motivos por lo que los chilenos se movilizaron en la década pasada, sea tanto por el empoderamiento y la defensa activa de los derechos expresados en 31 Minutos, así como las razones expuestas tan brillantemente por Plan Z y El factor humano. Además, desde los nombres de los espacios se interpreta una respuesta a algunos de los proyectos comunicacionales del régimen militar: la interpretación de una guerra civil generada desde la UP y el noticiero de Televisión Nacional bandera del oficialismo en dictadura. Para nosotros era tan lógico, era una forma de cuadrar el citculo.
Pero tal vez lo que Peirano y Diaz no era eso, no es que no quisieron exponer las falencias de una transición imperfecta, pero tampoco era un contenido que provocaría una rabia ciudadana tan profunda como el estallido social. Si reflejamos los testimonios de los propios creadores de Aplaplac en los meses posteriores del estallido, vemos como se enfrentaron directamente a la destrucción descontrolada del patrimonio público y se apartaron de las interpretaciones radicales hacia los llamados “treinta años”, también se desmarcaron de una visión crítica de la televisión chilena que se había germinado a través de la alegoría plasmada en el programa de los títeres, más que nada era un homenaje-algo pasado de la punta-a la televisión que vieron los chilenos a lo largo de los setentas y ochentas y que nosotros en cierta parte, mal interpretamos.
La mejor lección de esta semana es dejar de ser tantos graves, que el humor puede ser ácido, pero es mucho más sano que levantar una piedra y que debemos estar contentos que en esta franja de tierra existan personas con el nivel de creatividad, imaginación y talento como el tremendo equipo humano detrás de 31 Minutos. Se merecen no solo el aplauso, sino el apoyo de estas personas que han puesto la industria del entretenimiento chileno en tan alto nivel.
