Este martes (12), en el programa Sígueme de TV+, Daniela Aránguiz lanzó una serie de descalificaciones contra su excompañera de panel, la periodista María Paz Arancibia. Las expresiones, cargadas de insultos y alusiones a su vida privada, evidencian el tono cada vez más agresivo que domina ciertos espacios televisivos de farándula.

En su intervención, Aránguiz no solo cuestionó la trayectoria profesional de Arancibia, calificándola de “periodista fracasada”, sino que también recurrió a comentarios denigrantes sobre su cuerpo, su presencia en redes sociales y su vida personal, llegando a insinuar que su familia debería temer por las fotos que publica.

“No tiene santos en la corte, no tiene peso en televisión, es una periodista fracasada y triste… Porque a ella no le gusta hacer farándula… Estoy hablando de esa niñita que se muestra en pelota en las redes sociales”, dijo la farandulera, olvidando que a través de sus redes sociales también hace reflexiones sobre las ansiedades y temáticas de salud mental.

Además en un tono ultraconservador y misógino con sus congéneros, Aránguiz expresó que “su mamá tenía mucho miedo de que ella trabajara conmigo. Como si yo estuviera, no sé, en el cartel de Medellín o fuera una sicaria. Pero no entiendo por qué el miedo. Porque más miedo a mí como mamá me daría que mi hija venda fotos a quizás qué individuo, que se las compra para quizás qué situación. Eso sí me daría miedo”.

Estas palabras no apuntan a un debate de ideas ni a un contrapunto periodístico, sino a la deshumanización del otro como fórmula de espectáculo.

La farándula como espectáculo violento: El debate que revive con el ataque a María Paz Arancibia

El episodio revive una reflexión necesaria sobre los límites del entretenimiento y el rol de la televisión en la reproducción de violencia simbólica. Tal como advirtió la actriz Amparo Noguera en Radio Futuro:

“En el trabajo te dan una capacitación, afortunadamente, de la Ley Karin, pero llegas a tu casa, prendes la tele y ves un programa donde la gente habla mal de otros, hablan de su intimidad. Es violento”.

Los ataques vistos en “Sígueme” son un ejemplo claro de esta contradicción: mientras en el ámbito laboral se promueve el respeto y la prevención del maltrato, en la pantalla se normaliza la humillación pública como estrategia para ganar audiencia. No se trata solo de un conflicto personal, sino de un formato televisivo que legitima la agresión verbal y la exposición denigrante como parte del show.

En un contexto donde la televisión sigue influyendo en la opinión pública, resulta urgente preguntarse si el rating justifica convertir la violencia verbal en entretenimiento, y si no es hora de que estos programas asuman la misma responsabilidad ética que se exige en cualquier otro espacio de trabajo.

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