No es de sorprendernos que la televisión nuevamente haya hecho noticia por presentar en sus pantallas una situación que contradice sus contenidos editoriales. La entrevista pagada a Camila Polizzi es una demostración clara que para los principales ejecutivos de la pantalla chica los problemas sociales como la inseguridad y la corrupción acaban siendo un contenido de entretenimiento y que su función de informar-y denunciar-está determinada al comportamiento de las audiencias. La coherencia por tanto, cambia por unos puntos de rating más (o siendo más actualizados, a la cantidad de espectadores que ven un determinado programa)
El problema es que esa incoherencia siquiera está siendo respaldada por los números de sintonía. Como bien se ha señalado en esta página, la entrevista a Camila Polizzi en “Podemos hablar” solo alcanzó el tercer lugar en su horario, ni siquiera se empinó en los diez programas más vistos del viernes de la semana pasada y se habló mucho más de las presentaciones de la ex candidata formalizada por malversación de fondos públicos en un club nocturno que por su aparición en televisión. Ni siquiera la propia Polizzi pudo disponer de los dineros ofrecidos por Chilevisión ya que el Consejo de Defensa del Estado pidió la requisión de estos pagos, o sea, nadie terminó ganando.
Lo descrito anteriormente refleja una situación que cada vez se hace más evidente, una televisión que pretende ofrecer al público un contenido saturado de crónica roja, de exaltación de la violencia y de los malos ejemplos, con la justificación que es lo “que el público prefiere ver” y supuestamente esto está justificado a través de las sintonías que alcanzan sus programas. Cada vez esta justificación es más cuestionada, día a día se observa una deserción del público a otro tipo de plataformas, y ya no estamos hablando del público más alto, sino de las clases medias e incluso bajas, esas que los canales tanto se esmeran en regalonear a través de su contenido.
En alguna oportunidad en esta tribuna levanté la idea que los ejecutivos de la televisión perciben a su público objetivo como un grupo carente de una opinión que va más allá de lo contingente, que ve a la televisión como un mero elemento de distracción y que por tal motivo no es económicamente rentable colocar contenidos más “elevados” en la pantalla. Esto sin dudas es un reflejo de una conducta altamente discriminatoria en torno al público, sobre todo al que ha sido más fiel a la televisión abierta. Hoy, ni los números que justificaban tal hipótesis juegan a su favor, los canales siguen en el hoyo financiero y en una pérdida de credibilidad que a nadie sorprende.
Hay luces de esperanza, muy tímidas, pero visibles. En este portal se recalcó la buena acogida que tuvo los premios Pulsar, emitidos por TVN el domingo pasado, por razones de sintonía el certamen se trasmitió en la tarde y no en horario estelar como ocurre en este tipo de ceremonias. Aquí vemos tanto la discriminación de la televisión pública a un contenido diferente, pero también vemos como el público busca premiar a espacios que premian el talento y la creatividad nacional. ¿No será que el público es mucho más complejo que lo que pretenden establecer los ejecutivos de televisión? Como decía Julio Martínez (un comunicador irrepetible, que nos hace falta) “buena pregunta para un concurso”.
