El Palacio de La Moneda se transformó el pasado viernes en el escenario de un reencuentro de carácter estrictamente privado. Cuarenta y dos años después de haber ingresado a la carrera de Derecho en la Pontificia Universidad Católica, cerca de 70 exalumnos se reunieron para almorzar y participar en una ceremonia religiosa en el corazón del Poder Ejecutivo, invitados por el propio Presidente José Antonio Kast y la Primera Dama, María Pía Adriasola.
El uso de la sede de Gobierno para fines personales
La cita, que tuvo lugar en pleno horario laboral, no fue una actividad de Estado ni una reunión protocolar con sectores de la sociedad civil. Se trató de una “junta de curso” que incluyó una misa concelebrada por tres integrantes de la misma generación que hoy ejercen el sacerdocio. A pesar de la naturaleza particular del evento, la logística del Palacio de Gobierno fue puesta a disposición de los invitados, quienes debieron inscribirse en una lista previa para ingresar al recinto donde se gestionan los destinos del país.
El tratamiento informativo de este evento por parte de medios tradicionales como El Mercurio ha llamado la atención por su enfoque desprovisto de crítica. La crónica se centra en la atmósfera “amena y distendida” y en la asistencia mayoritaria del grupo —70 de 100 integrantes—, presentando el uso de la casa de Gobierno como un detalle anecdótico dentro de una narrativa de camaradería universitaria, en lugar de analizar la pertinencia ética de utilizar un monumento nacional y centro de operaciones políticas para reuniones de carácter íntimo.
Ausencias notables en un ambiente de “sensibilidad política”
Aunque la nota resalta la presencia de personas de “distinta sensibilidad política”, también subraya las ausencias de figuras que hoy orbitan en la vereda opuesta al oficialismo. El constitucionalista Patricio Zapata, el exconvencional Daniel Stingo y el exministro Rodrigo Álvarez no asistieron al encuentro.
Este tipo de reuniones en La Moneda abre un debate necesario sobre los límites entre la vida privada del mandatario y el respeto por el carácter institucional de la sede de Gobierno. Mientras la narrativa oficial y ciertos ecos mediáticos intentan normalizar estas instancias como gestos de cercanía o tradiciones personales, queda en el aire la interrogante sobre si el Palacio del poder ejecutivo debe ser utilizado como un salón de eventos privado para las redes sociales y afectivas del gobernante de turno.
