COLUMNA DE JAIME BETANZO B.
En los últimos días, ha habido un incremento de polémicas a raíz de la tradicional bravata en redes sociales y medios de comunicación. Todo tiene que ver con un concepto que se ha acuñado en el último tiempo: “La Cultura Termocéfala”.
¿En qué consiste esto? Es nada menos que la bravuconería, el griterío y el creer que “repartir factos” es la prioridad ante un debate con altura de miras, sin caer en el insulto como argumento para analizar un tema contingente.
El caso Borghi-Salvestrini: De la táctica a la yugular
Podríamos partir por el caso “Borghi-Salvestrini”. Esto ocurrió el pasado miércoles, en la previa del duelo entre Universidad Católica y Boca Juniors por la Copa Libertadores, durante el programa “A veces hablamos de fútbol” del canal Picado TV.
Ahí, el exseleccionador nacional Claudio Borghi protagonizó un duro enfrentamiento con Gustav Salvestrini, panelista argentino e hijo de un exdirigente “Xeneize” de la administración de Mauricio Macri.
Borghi intentó mantener un diálogo serio y profesional, como acostumbra en programas como “Futuro Fútbol Club” o “Todos Somos Técnicos”. Pero Salvestrini fue a la yugular respondiendo a un cuestionamiento con un: “Vos estuviste en Boca, y no nos fue tan bien”. Esto aludía a la época donde el “Bichi” fue director técnico del club tras su paso por Argentinos Juniors en 2010, rematando con un: “Yo, siendo socio, te pagué el sueldo a vos”.
Este episodio refleja cómo se ha importado un tono áspero y confrontativo que no aporta nada al diálogo sobre diferentes temas: fútbol, política, actualidad, música o religión.
“Sin Filtros” y la degradación del debate
Otro simbolismo importado que se relaciona con esta cultura de “termos” que dicen tirar “factos” es el programa “Sin Filtros”. Es, quizás, el mayor símbolo de la degradación a la hora de debatir la contingencia, provocando un daño gigantesco a la convivencia nacional.
Hay varios responsables: el primero es su conductor, Gonzalo Feito, por alimentar la cizaña entre los participantes; seguido por su excompañero de CQC, Sebastián “Cuchillo” Eyzaguirre, quien ejercía como productor.

Pero detrás de ellos está Gastón Calcagno, dueño de la productora “Mediapromax”. Según un reportaje de CIPER, Calcagno apareció en las rendiciones del Servel ofreciendo servicios a dos panelistas del programa: Francisco Orrego (hoy diputado) y Giovanni Calderón, cuando ambos postularon en la última elección parlamentaria.
En resumen: el responsable de alimentar la grieta apoyando a quienes trizan la convivencia. Si hay una definición para Sin Filtros, es que es un programa totalmente no recomendable para analizar la política.
La lista de personeros es larga: desde los mencionados Orrego y Calderón, hasta figuras como Magdalena Merbilhaa, Gabriel Alemparte, y la actual vocera de gobierno Mara Sedini, o en la vereda opuesta, José Toro Kemp, Valeria Cárcamo o Dauno Totoro. Todos ellos, más que aportar, restan al análisis y a la búsqueda de puentes.
Solo hacen “farándula política”, un juego que puede terminar muy mal.
La indignación como espectáculo: El caso Neme
Otro ejemplo de esta “termocefalia camuflada” de indignación es lo demostrado por José Antonio Neme.
El jueves por la mañana, en un tono rabioso, hizo su crítica a lo ocurrido con la ministra Ximena Lincolao, quien tuvo un incidente en la Universidad Austral de Chile con estudiantes que protestaban por sus becas. El conductor de “Mucho Gusto” ocupó un tono poco propicio para el análisis, utilizando términos como “peluzón” y “desadaptados de miércoles” para enfatizar su rechazo, además de englobar a los manifestantes como una “minoría dañina”.
Cabe preguntarse: ¿Puede un conductor de matinal permitirse un “estallido verbal” de ese tipo? ¿Está permitido ser “termocéfalo” con tal de ganar adeptos y creer tener la razón?
Esta cultura termocéfala lo único que logra es validar una verborrea dañina. El creer que se tiene poder por “decir factos” termina trizando la convivencia y la forma de expresarnos, llevándonos al declive de la sociedad tal como la conocemos. Los medios de comunicación pueden ser herramientas de cambio o romper con el tradicionalismo, pero no se puede permitir que su contenido dependa de la cultura del odio y el grito.
