Esta es una columna de opinión, cuyo contenido es de exclusiva responsabilidad de quién las emite, y puede no representar necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de TVenserio.

Si hay algo tan antiguo como el festival del Viña es discutir sobre su decadencia. Es interesante que ya desde la década del ochenta la prensa haya puesto en atención a la supuesta baja de calidad de los invitados, en lo larga que eran las jornadas viñamarinas o la cantidad abusiva de premios que se otorgaban a los invitados. Podemos decir incluso que si siempre (o casi siempre) el festival de Viña ha sido decadente, nunca lo ha sido, si finalmente el certamen de la ciudad jardín no ha perdido el interés público y así se grafica en la alta sintonía y repercusión mediática que genera este evento. ¿A donde está la tan mentada decadencia?

Si hay algo que si ha demostrado una impactante disminución en la atención del certamen es la competencia de canciones, la base inicial del evento. Todo el mundo sabe que es el punto accesorio del festival siendo que este mismo se llama “festival de la canción” y si bien los canales pretenden darle más realce, nunca ha podido levantar del todo, siendo objeto de atención solo por polémicas puntuales. En su defensa podemos decir que estas competencias de canciones han quedado en desuso, con la gran excepción del festival de Sanremo, evento que supo priorizar la competencia musical por sobre los artistas invitados. Se puede decir además que los festivales están totalmente obsoletos como mecanismo de promover nuevos artistas ante la espontaneidad que ofrecen las plataformas digitales por sobre estos eventos.

La decadencia, por tanto, debemos encontrarla en otro aspecto. Como he dicho casi todos los años que he escrito en torno al festival de Viña, la decadencia del evento tiene que ver más bien con condiciones materiales externas más que con el festival mismo. En el pasado, los seis días del festival eran la instancia propicia-y única-para poder ver un puñado de artistas internacionales cantando en vivo para una gran parte de la población. El resto del tiempo al artista solo se podía acceder mediante sus canciones grabadas a través de la radio o en sus reproducciones discográficas, no queremos incorporar a las actuaciones que estos artistas hacían en diversos espacios televisivos porque generalmente se presentaban mediante pistas grabadas y sus actuaciones se hacían en espacios cerrados, por tanto la experiencia directa entre artista y público masivo se daba en Chile solamente una vez al año.

Una serie de cambios, que involucran las transformaciones políticas y económicas locales, pero por sobre todo las nuevas exigencias del mercado hicieron que la industria musical priorice las presentaciones en vivo por sobre la venta de discos. Esto ya se podía ver con meridiana claridad desde los años ochenta, pero ante el avance de las plataformas digitales a partir de la década del 2000, se privilegió la experiencia en vivo como la principal fuente de ingresos de los artistas. Esto repercutió fuertemente en la periodicidad de los eventos masivos en el país, pero también transformaron los mismos eventos en vivo, pasando a ser instancias mecanizadas, donde el artista no tendrá grandes variaciones en su setlist si se presenta en Santiago o si lo hace en Estocolmo. Si había una particularidad en el viejo festival de Viña era la gratitud mutua entre los cantantes y el público viñamarino, lo que hacía de esta una instancia especial para los músicos en su trayectoria, los cantantes-sobre todo los hispanoamericanos-se esmeraban en ofrecer un espectáculo especial, inolvidable para el “monstruo” pero también para el propio intérprete.

Como hemos visto, la responsabilidad no recae tanto en la organización del evento. Año a año los organizadores se esmeran en ofrecer un evento que ofrezca una parrilla atractiva a un público transversal (factor fundamental que no tienen otros festivales), y en cierto modo lo hacen. Pero la magia de la música no es la misma que hace cuarenta años atrás, Viña es solo un paradero más entre los muchos que están en las agendas de los cantantes. Las presentaciones musicales, aunque de excelente calidad técnica, carecen de la electricidad que ofrecieron grandes de la música en la Quinta Vergara en los setenta y ochenta, todo parece muy bien pauteado, desde la lista de canciones hasta los premios pactados. La atención del festival, por tanto, se va hacia otros aspectos, mucho más mundanos y chabacanos, pero que a la misma vez delatan mucho de la identidad nacional. Esko transforma del festival en un evento autenticamente chileno por sobre sus pretensiones tan enconadas de darle un criterio “internacional”, pero eso ya es materia de otro comentario. 

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