La reciente Gala del Festival de Viña del Mar 2026 dejó una de las postales más amargas para Daniela Aránguiz: un abucheo ensordecedor que se impuso sobre los aplausos durante su paso por la alfombra roja. Sin embargo, lejos de un ejercicio de humildad o introspección sobre por qué el público reacciona de manera tan visceral a su presencia, la figura mediática optó por una actitud de bravuconería y desdén, refugiándose en un personaje de “villana” que parece ser su único escudo ante el juicio social.

El refugio en el personaje de “villana”

Durante su participación en el programa especial tras la gala, Aránguiz no tardó en victimizarse y, simultáneamente, engrandecer su ego. Al ser consultada por el impacto emocional de las pifias, su respuesta fue tajante y carente de vulnerabilidad: “No, para nada. Me encanta. Imagínate que hoy día me levanté y todos los canales de este país estaban hablando de mí. No existe publicidad mala”. Esta declaración no solo revela una desconexión con el sentimiento del público, sino que refuerza una estrategia comunicacional basada en el conflicto como mercancía.

Para Aránguiz, el rechazo no es una consecuencia de sus actos o palabras hirientes hacia terceros, sino un atributo necesario de su rol televisivo. “Obviamente que siempre a las villanas se les pifea”, afirmó, comparándose incluso con figuras de ficción para normalizar un desprecio que, en la vida real, tiene raíces mucho más profundas que un simple guion televisivo.

Ataques personales como mecanismo de defensa

La incapacidad de Aránguiz para asumir su responsabilidad se manifestó con mayor crudeza cuando decidió atacar a quienes osaron cuestionar su comportamiento. En lugar de procesar las críticas constructivas de colegas sobre la ética y el respeto al público, la panelista optó por el camino del insulto y la difamación. Al referirse a Emilia Dides, quien había cuestionado su actitud en el matinal, Aránguiz respondió con ataques personales sobre la vida privada de la periodista, desviando la atención del foco principal: su propia conducta en la Gala.

“Prefiero que no me den clases de moral porque para mí la moral es muy objetiva”, sentenció, en un intento de invalidar cualquier juicio ético externo. Esta postura “sin filtro” es la que ha cimentado su carrera, pero también la que parece haber agotado la paciencia de una audiencia que ya no diferencia entre el espectáculo y la falta de respeto sistemática.

La monetización del conflicto

En su discurso, Aránguiz citó a Raquel Argandoña para justificar su postura: “Mientras más hablan de mí, más facturo”. Esta visión mercantilista del odio ajeno es, quizás, el punto más crítico de su intervención. Al reducir el rechazo ciudadano a una simple métrica de rentabilidad, la panelista ignora el daño reputacional y el clima de hostilidad que ella misma alimenta.

Al final del día, la actitud de Daniela Aránguiz en Viña 2026 no fue la de una profesional de la comunicación enfrentando un momento difícil, sino la de una figura que, acorralada por el juicio público, prefiere redoblar la apuesta del conflicto antes que admitir que sus constantes ataques han tenido, finalmente, una consecuencia en la calle.

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