El paso de Daniela Aránguiz por la alfombra roja de la Gala del Festival de Viña del Mar dejó de ser un simple desfile de moda para convertirse en un termómetro del descontento social. Lo que debía ser un momento de glamour se transformó en un estruendoso abucheo que impidió, por varios segundos, el normal desarrollo de la transmisión oficial liderada por José Antonio Neme.
La reacción del público no fue un hecho aislado ni fortuito. Representa la culminación de un historial de conflictos donde Aránguiz ha sido protagonista de sistemáticos ataques personales contra otras figuras del medio, como Constanza Capelli (a quién mandó a hacerse un examen contra la droga, lo que causó una avalancha de denuncias ante el CNTV) y María Paz Arancibia (a quién hizo acoso laboral en vivo y en directo).
Estos episodios, marcados por un tono agresivo y descalificaciones que suelen traspasar el ámbito profesional, han generado un anticuerpo en la audiencia que finalmente encontró en la vitrina de Viña un espacio de expresión.
Apenas la panelista tomó el micrófono, la “pifiada” masiva inundó el ambiente. Lejos de la autocrítica, Aránguiz optó por una postura defensiva envuelta en ironía. Ante la pregunta sobre la dificultad de vestir de rojo bajo la presión de las críticas, respondió: “Para una mujer como yo, no”. Esta actitud, que busca capitalizar la negatividad como una forma de vigencia, es precisamente el síntoma de una televisión que parece desconectada de los estándares éticos actuales.
La estrategia de la “villana” frente a la ética
Durante el diálogo con Neme, Aránguiz intentó minimizar el rechazo asegurando: “¡Me encanta! ¡Me encanta el decorado!”. Al afirmar que disfruta “lo que genera” en la gente, la comunicadora reafirma un personaje de villana que, si bien rinde en términos de audiencia inmediata, erosiona la calidad del debate público y la convivencia en pantalla.
“Me gusta lo que genero”, sentenció mientras lanzaba besos a una multitud que no cesaba de gritar en su contra. Este desplante refleja una desconexión con el sentimiento de la ciudadanía, que ya no parece dispuesta a validar figuras cuya única moneda de cambio es el conflicto y el hostigamiento hacia terceros.
El rol de la conducción ante el bochorno
José Antonio Neme, en su rol de mediador, intentó suavizar el impacto del momento calificando las pifias como “parte también del festival”. Sin embargo, la tensión fue tal que el animador debió apresurar la salida de la pareja de la plataforma de entrevistas. Al pedir un aplauso que nunca llegó con la fuerza esperada, la producción televisiva quedó expuesta ante un hecho innegable: el formato de la polémica por la polémica está encontrando su techo.
Este episodio en Viña del Mar no es solo un mal momento para una figura pública; es un recordatorio de que la audiencia tiene memoria y que el hostigamiento sistemático, disfrazado de espectáculo, ya no cuenta con el beneplácito del espectador.
