En un despliegue de disonancia cognitiva que pasará a los anales de la cultura pop, Nicki Minaj ha decidido cimentar su legado no en las listas de éxitos, sino en el podio del Departamento del Tesoro. Mientras Times Square se ilumina con vallas publicitarias que promocionan las nuevas “Cuentas Trump” y teorías de conspiración política, la rapera nacida en Trinidad se ha declarado la “Fan Número Uno” del presidente, defendiéndolo públicamente de lo que ella califica como “bullying”.
La escena en Washington D.C. este 28 de enero de 2026 fue tan surrealista como calculadora: una estrella global prestando su imagen para blanquear una administración que, simultáneamente, enfrenta una de las crisis de derechos humanos más severas de la década. Minaj, sonriente y desafiante, afirmó que las críticas “motivan” su apoyo, evidenciando una ceguera selectiva ante la realidad que se vive fuera de la burbuja de la Casa Blanca.
“Bullying” vs. Brutalidad: La realidad de Minneapolis
La ironía de que Minaj utilice la retórica del victimismo para defender a Donald Trump es lacerante cuando se contrasta con los titulares que sangran desde Minneapolis. Mientras la artista se preocupa por el trato mediático al hombre más poderoso del mundo, el nombre de Renee Nicole Good se convierte en el grito de guerra de una generación.
El asesinato de Good a manos de un agente de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) ha desatado una condena mundial y ha llevado al alcalde de Minneapolis a exigir la expulsión de la agencia federal de su ciudad. Sin embargo, para Minaj, el verdadero sufrimiento parece residir en el Despacho Oval, no en las familias destrozadas por la maquinaria de deportación que su ídolo fortalece.
Un silencio ensordecedor en la industria
La postura de Minaj la aísla peligrosamente de sus pares y de la realidad de su propia base de fans. Mientras artistas como Billie Eilish califican a ICE de “grupo terrorista financiado por el estado” y figuras como Bad Bunny excluyen a Estados Unidos de sus giras mundiales para proteger a su audiencia latina de las redadas, Minaj opta por la complicidad.
Al promover las “Cuentas Trump” (fondos de inversión infantil creados por la administración) como una panacea de “alfabetización financiera”, la rapera intenta normalizar una agenda política mediante el brillo de la celebridad. Es un intercambio fáustico: legitimidad cultural a cambio de proximidad al poder. En este juego de tronos, Minaj ha elegido su bando, dando la espalda a las comunidades vulnerables que una vez la elevaron, demostrando que en 2026, la solidaridad es menos rentable que un asiento en la mesa del presidente.
