El matinal Mucho Gusto de Mega se consolidó nuevamente como líder de audiencia en noviembre, alcanzando un promedio de más de 386 mil televidentes por minuto y un alcance superior a los siete millones de personas.
Sin embargo, este éxito televisivo contrasta con las constantes polémicas protagonizadas por su conductor, José Antonio Neme, cuyo estilo agresivo y declaraciones han generado un debate sobre los límites éticos en la televisión chilena.
En uno de los episodios más cuestionados, Neme sugirió en vivo que carabineros deberían disparar para controlar disturbios, una frase que fue calificada como apología a la violencia. Emitida en horario matinal, la declaración expuso a una audiencia diversa —incluidos niños y adolescentes— a un mensaje que legitima el uso de la fuerza letal como respuesta inmediata.
Este tipo de comentarios no solo son irresponsables, sino que refuerzan percepciones autoritarias en un país marcado por tensiones entre ciudadanía y fuerzas de orden.
“Mucho Gusto” sigue líder: ¿Por qué las críticas a Neme no se traducen en una baja de audiencia?
Las críticas hacia Neme no se limitan a este incidente. Su tono visceral y confrontacional ha sido objeto de rechazo masivo en redes sociales, donde se cuestiona el uso de garabatos y un lenguaje cargado de rabia. Aunque algunos defienden su franqueza como reflejo del sentir ciudadano, cada vez son más quienes advierten que su estilo trivializa el debate público y eclipsa los argumentos de fondo.
El problema radica en que, pese a estas controversias, Mucho Gusto sigue liderando su bloque. La falta de alternativas en la televisión matinal, que prioricen contenidos distintos a la delincuencia y la violencia, deja a la audiencia atrapada en un círculo vicioso: programas que refuerzan el miedo y el enfrentamiento, en lugar de abrir espacios para la reflexión y la construcción de ciudadanía.
La televisión abierta, especialmente en horario matinal, debería ser un espacio de conversación crítica y responsable. Sin embargo, el éxito de Mucho Gusto demuestra que el rating sigue premiando el espectáculo morboso por sobre la información equilibrada. La pregunta que queda es si la audiencia realmente está eligiendo o simplemente se ve obligada a consumir lo único que se ofrece.
