El reciente comportamiento de Donald Trump hacia periodistas que lo cuestionan sobre los archivos del caso Epstein ha desatado críticas en todo el mundo. Durante un vuelo en el Air Force One, el mandatario norteamericano interrumpió a una reportera de Bloomberg con un insulto degradante: “Silencio, cerdita”. El comentario, acompañado de gestos teatrales, se viralizó rápidamente y generó indignación en redes sociales.

Este episodio no fue aislado. Días después, en la Casa Blanca, Trump reprendió a Mary Bruce, corresponsal de ABC News, por preguntar sobre la implicación del príncipe heredero saudita en el asesinato de Jamal Khashoggi y, nuevamente, sobre los archivos de Epstein. El mandatario calificó sus preguntas de “horribles” y la llamó “periodista terrible”, llegando incluso a amenazar con la licencia de transmisión de la cadena.

La reiteración de ataques contra mujeres periodistas revela un patrón de maltrato que va más allá de la tensión política. El dictador no solo descalifica las preguntas incómodas, sino que busca intimidar y desacreditar a quienes cumplen con la función democrática de fiscalizar al poder. El Club Nacional de Prensa condenó sus declaraciones, recordando que minimizar o excusar la violencia contra periodistas tiene consecuencias reales y erosiona la libertad de prensa.

El trasfondo de estos insultos es el creciente escrutinio sobre los archivos de Epstein, que mencionan a Trump en varios correos electrónicos publicados por el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. Aunque el presidente niega cualquier vínculo con delitos, su reacción agresiva ante las preguntas sugiere incomodidad y temor a la exposición.

Donald Trump y sus constantes insultos al periodismo

La crítica hacia su conducta no solo proviene de opositores políticos, sino también de ciudadanos que consideran inadmisible que un presidente recurra a insultos personales para evadir la rendición de cuentas. En un contexto donde la transparencia es vital, el desprecio hacia la prensa debilita la confianza pública y proyecta una imagen autoritaria.

En definitiva, los ataques de Trump contra periodistas que indagan sobre Epstein no son simples exabruptos. Constituyen un intento de silenciar voces críticas y de desviar la atención de un escándalo que amenaza con socavar su liderazgo. La libertad de prensa, piedra angular de cualquier democracia, no puede ser objeto de burla ni de agresión desde el poder.

Y son estos insultos los que hacen que muchos ciudadanos, no solo norteamericanos, añoren que esté Kamala Harris en la Casa Blanca, pues trataría mucho mejor al periodismo.

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