El programa “Que te lo digo”, conocido por su tono farandulero y sus constantes polémicas, vuelve a estar en el centro de la controversia. Esta vez, por el tenso enfrentamiento entre su periodista Francisco Ruiz de Gamboa y la modelo Nicole “Luli” Moreno, tras su participación en Fiebre de Baile.

El episodio ocurrió cuando el reportero abordó a Moreno con preguntas sobre su situación judicial, justo después de su presentación en el estelar. La modelo, visiblemente incómoda, intentó aclarar que no asistió a una audiencia por falta de notificación, pero pidió expresamente que sus declaraciones no fueran difundidas. “No quiero salir por eso en la tele, ¿me podís respetar?”, se le escucha decir en los registros que circularon en redes.

Más allá del incidente puntual, el hecho pone en tela de juicio el estilo editorial de “Que te lo digo”. El programa, liderado por Sergio Rojas, ha sido reiteradamente criticado por difundir rumores sin base, emitir juicios personales y hostigar a figuras públicas, entre ellas la propia Nicole Moreno. La insistencia en exponer momentos vulnerables —como cuando fue grabada llorando sin su consentimiento— revela una lógica más cercana al acoso que al periodismo.

El periodista involucrado se defendió diciendo que “No era para acceder a esta agresividad, yo estoy haciendo mi labor”. Pero ¿dónde termina el ejercicio del periodismo y comienza la explotación emocional? ¿Qué responsabilidad tienen los medios en respetar los límites éticos, especialmente cuando se trata de figuras que han sido blanco constante de ataques?

Este caso no es aislado. Es parte de una práctica sistemática que normaliza el hostigamiento bajo la excusa de “informar”. En tiempos donde la salud mental y el respeto a la dignidad son temas urgentes, urge repensar el rol de ciertos espacios televisivos que lucran con la exposición ajena.

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