El espectáculo chileno ha normalizado el conflicto, pero lo ocurrido recientemente en el programa Sígueme (TV+) cruza una línea peligrosa entre la farándula y el ensañamiento personal. Daniela Aránguiz, autodenominada ‘carecuica’ y actual figura ancla del espacio, ha vuelto a demostrar que su estrategia de defensa es, invariablemente, el ataque nuclear. Esta vez, la víctima fue su excolega de Mekano, Francoise Perrot, quien cometió el ‘pecado’ de sugerirle que diera vuelta la página respecto a Jorge Valdivia.

El mecanismo de la amenaza pública

El conflicto se reavivó cuando Aránguiz desempolvó su famosa ‘lista negra’, incluyendo a Perrot por un episodio de hace casi dos décadas que involucra a Angie Alvarado y al ‘Mago’ Valdivia. La respuesta de Perrot fue sensata, casi terapéutica: le aconsejó ‘superar’ el tema de Jorge Valdivia para poder avanzar como persona. Sin embargo, en el universo de Aránguiz, cualquier mención que no sea adulación se interpreta como una declaración de guerra.

Utilizando la pantalla de televisión como un púlpito de intimidación, Aránguiz no debatió el argumento; destruyó al mensajero. “Una buena persona no deja abandonados a sus hijos para irse a vivir a una mediagua con un cantante urbano”, disparó Aránguiz, desenterrando un capítulo doloroso y privado de la vida de Perrot, expuesto hace años por la propia madre de esta última.

Una ética cuestionable

La crítica aquí no es hacia el chisme, sino hacia la desproporción y la crueldad. Aránguiz recurrió a la falacia ad hominem más baja posible: cuestionar la maternidad de su oponente para invalidar una opinión sobre su exmarido.

Al traer a colación supuestos “malos hábitos” y situaciones de vulnerabilidad social (la mención despectiva a la ‘mediagua’), Aránguiz perpetúa un modelo de televisión agresivo donde el poder del micrófono se usa para silenciar a través del miedo y la humillación pública.

La respuesta y el ‘código’ roto

Francoise Perrot, lejos de amedrentarse, acusó el golpe bajo con una advertencia clara en redes sociales: “Con mis hijas no”. La ex Mekano dejó entrever que, si de romper códigos se trata, ella también posee información.

Este intercambio deja en evidencia una triste realidad de nuestra pantalla chica: figuras como Aránguiz parecen operar con impunidad, confundiendo el rol de panelista con el de juez y verdugo de las vidas ajenas, mientras los canales validan este comportamiento bajo la excusa del rating.

El problema es que esa excusa no es válida para TV+, cuya apuesta por lo que ellos denominaron como “la verdadera farándula” está causando una baja en los avisadores y despidos masivos. Pero la responsable sigue impune, como si nada ha pasado.

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