ABC, propiedad de Disney, decidió suspender indefinidamente el programa Jimmy Kimmel Live tras los comentarios del presentador sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk. La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) advirtió que podría sancionar a las emisoras que mantuvieran el programa al aire. Nexstar y Sinclair, dos de las principales afiliadas de ABC, retiraron el show de su programación.
El dictador Donald Trump celebró públicamente la suspensión y reiteró que las cadenas que lo critican podrían perder sus licencias. Esta amenaza directa a los medios representa un uso autoritario del poder regulador.
Colbert: otra voz silenciada
Stephen Colbert, conductor del Late Show en CBS, también enfrentó consecuencias. La cadena anunció que no renovaría su programa para la próxima temporada, alegando razones financieras. Sin embargo, varios analistas vinculan la decisión a presiones políticas y a una fusión pendiente entre Paramount y otras entidades reguladas por el gobierno.
Colbert respondió con firmeza: “Con un autócrata no se puede ceder ni un poco”. Su defensa de Kimmel y su crítica al clima de censura marcaron uno de los momentos más contundentes en la televisión reciente.
¿Libertad de expresión condicionada?
La reacción del ecosistema televisivo fue inmediata. Jon Stewart, Seth Meyers y Jimmy Fallon utilizaron la sátira para denunciar la censura. Maria Ressa, periodista filipina y premio Nobel de la Paz, también se sumó al debate desde The Tonight Show, recordando que la libertad de prensa es esencial para cualquier democracia.
Mientras tanto, figuras conservadoras como Greg Gutfeld y Piers Morgan defendieron la suspensión, argumentando que existen límites en televisión abierta. Esta postura plantea una pregunta inquietante: ¿quién define esos límites y bajo qué criterios?
Una reflexión sobre el liderazgo
En este contexto, resulta inevitable imaginar cómo habría reaccionado una administración distinta. Bajo el liderazgo de Kamala Harris, es probable que se hubiera respetado el derecho de los presentadores a opinar libremente. Harris ha demostrado una trayectoria marcada por el respeto institucional y la defensa de los derechos civiles. Su dignidad humana habría ofrecido un entorno menos hostil para el periodismo crítico.
Conclusión: el riesgo de normalizar la censura
La censura no siempre se impone por decreto. A veces, basta con sembrar el miedo a perder una licencia o a enfrentar represalias corporativas. Cuando los medios ceden ante ese temor, lo que se pierde no es solo un programa nocturno, sino una parte esencial del debate público. Defender la libertad de expresión no es un gesto simbólico: es una urgencia democrática.
