Esta es una columna de opinión, por cuanto las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten, y pueden no representar necesariamente el pensamiento de TVenserio.

Es difícil poner fecha a la larga decadencia de Televisión Nacional, hay diversos hechos que podrían interpretarse como decisivos para demarcar la crisis de la televisión pública tales como la salida de María Eugenia Rencoret del área dramática, las fuertes tensiones entre el cuerpo directivo durante el primer gobierno de Sebastián Piñera y para muchos, la decadencia de TVN se establece el 2 de septiembre del 2011 con el accidente del CASA 212. Se pueden tomar como ciertas todos estos hechos, ya que en parte cada uno de estos eventos provocó una notable disminución de la sintonía en la señal pública, pero nos quedamos cortos con otros eventos sucedidos años antes. 

Para comenzar con nuestra tesis, debemos recordar que TVN a partir de 1990 comenzó con un proceso de renovación programática que iba de la mano con una apertura de temas y perspectivas en tono con la naciente democracia. Este modelo de televisión pública, mezcolanza entre inversión privada y contenido pluralista, logró captar la atención del público. No es este el lugar para detallar todos los programas que lograron establecer a TVN como un canal innovador, integrador y protagonista de las pautas de conversación de los chilenos, pero es fundamental señalar que a finales de los noventa este modelo se erguía como exitoso, reflejando a su vez una primera consolidación del modelo democrático chileno que ya había superado varias tentativas autoritarias, sea tanto del Ejército, pero también de la presión de una Iglesia Católica que había tomado partido por una ruta moral conservadora y que de cuando en cuanto generaba ripientas discusiones en la opinión pública. 

Pues bien, sueña extraño pero fue el propio éxito de TVN, al levantar una agenda editorial aperturista, dedicada a demostrar el país en todas sus dimensiones y sin hacer mella a los asuntos más candentes, los que generaron su primer declive. El haber consolidado un país más progresista en diversos ámbitos fue la primera señal de declive de la estación pública. 

¿Y por qué me refiero a este factor como fundamental para entender el declive de la televisión pública? Es necesario observar las agendas editoriales de sus principales competidores, sobre todo Canal 13. Desde 2002, la estación católica se empinó a superar definitivamente el largo periodo de Eleodoro Rodríguez y pasar a ser un canal que, a pesar de pertenecer a una universidad confesional, no iba a dejar de presentar los grandes problemas sociales, en pocas palabras, ser un canal hijo de su tiempo. Los programas que levantaron al 13 el año 2003 reflejaron como el canal católico podía ser capaz de tocar en su contenido temas como la homosexualidad, la infidelidad y reflejar a la juventud con sus brillos y sombras, Machos y Protagonistas de la Fama lograron reflejar la sociedad crecientemente tolerante de esos años como un ejemplo de consolidación de la democracia. También fue una señal de madurez potente que la presentación de Los Prisioneros en el festival de Viña de aquel año no haya sido censurada, a pesar de las frases alusivas a la Iglesia lanzadas por Jorge Gonzalez. Finalmente, una serie de reportajes relativos a la conmemoración de los treinta años del golpe militar de 1973 representaron para el canal una forma de presentar un contenido más abierto que en otros tiempos, perdiendo el temor reverencial a algunos grupos que dominaron la agenda pública durante décadas. (no podemos dejar de olvidar que Canal 13 suspendió la exhibición del programa familiar Video Loco al conocerse el fallecimiento del almirante Merino). 2003 fue el año en que Canal 13 pudo dejar de ser considerado un canal conservador y tradicionalista, y tuvo su gran recompensa ganando el primer lugar de la sintonía en aquel año.

Por tanto, TVN ya no poseía el monopolio de la programación aperturista en Chile. Incluso canales abiertamente conservadores como Mega se lanzaron a introducir en su contenido elementos de alto calibre, representando una juventud cada más más liberada y una sociedad donde los temas morales se habían relajado. Los concursos de las gomitas en Mekano o los chistes de alto calibre en Morandé con Compañía fueron el mejor ejemplo de una televisión dispuesta a abrirse, más por consecuencia de la sociedad que por una decisión propia, pero se abrieron.

La estación pública, si bien en ese mismo año lanzó uno de los productos más notables (31 Minutos), se vio progresivamente cediendo su contenido más distintivo en relación a los otros canales por un contenido que le asegurara sobre todo mantener las altas cifras de rating que había acumulado la década anterior. Se sacrificaron todos los programas culturales que se habían vuelto espacios de culto para concentrarlo en un único espacio, Hora 25. También se rescindió el contrato a Patricio Bañados, icono de una televisión que desafiaba los parámetros comerciales y con su impronta y autoridad reflejaba uno de los pocos bastiones de una televisión pública de calidad. A lo largo de la década del 2000, TVN prefirió invertir en programas de dudosa calidad, como realities para seguir siendo líderes de audiencia, pero cada vez las diferencias entre un proyecto de televisión pública se hacían más difusas al parecer sus contenidos cada día más al resto de los canales comerciales. Finalmente, la venta de Canal 13 a Andrónico Luksic, eliminó el “efecto espejo” que ataba a la estación pública de mantener algunos espacios de difusión cultural entendiendo que su principal competidor, al ser un canal universitario, también los tendría. Si TVN durante el primer gobierno de Piñera se observó como una estación que buscaba cualquier cosa para mantener rating (incluso con Junior Playboy besando un trasero en un programa de concursos) no fue necesariamente por un factor político, sino como consecuencia de no tener incentivos para presentar una programación más elevada al que sus competidores. 

Ya al estallar la larga crisis de la televisión en 2014, TVN no podía mantener su proyecto de televisión pública lanzada dos décadas antes. Primero, porque ya había sido superada por sus otros competidores, y segundo, porque el escenario de competencia total lo hacía ser dependiente de programas exitosos, más allá de una calidad digna a un canal público. Los intentos de renovación de la señal bajo el segundo gobierno de Michelle Bachelet (destacándose el caso de la administración de Carmen Gloria Lopez) fueron en vano porque no se tocó el problema principal: el financiamiento de una estación pública. Faltó voluntad política y altura de miras para renovar la televisión pública y lo que vemos hoy es un canal que sobrevive con un par de éxitos, una telenovela de un canal confesional brasileño y con una especie de mantra de referirse a sí mismo como “la televisión pública” como si eso bastaría para retomar la credibilidad perdida. 

Si bien hoy TVN parece estar saliendo de sus peores momentos, no podemos estar de acuerdo con el actual presente de la señal pública, sobre todo porque aún es una cadena necesaria en instancias donde otros no llegan fácilmente, los últimos temporales en el norte chico fueron la mejor demostración de mantener una televisión pública presente en todo el país. 

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