Estamos terminando el mundial. Escribo la columna la noche antes de la gran final, pero eso no impide definir al gran ganador de la contienda, algo que va más allá de los equipos en disputa, sino del público objetivo de este evento. El mundial de 2026 terminó siendo ganado por los mundialeros de ocasión y no por el futbolero de tradición.

El mundial de fútbol tiene la particularidad de agregar al ya abultado número de seguidores del balompié a lo largo del mundo a otro gran grupo de espectadores que no necesariamente siguen a menudo el fútbol, pero el ser parte de un gran evento y las grandes conexiones emocionales que implica este evento los hace sumar a la cita mundial del balompié. 

Históricamente, los mundiales estaban construídos principalmente para el futbolero apasionado, por eso que la FIFA permitía hinchadas con cánticos subidos de tono, banderas con consignas que iban más allá del deporte y una sumisión total a las reglas del juego. Eran muy pocas las concesiones a intereses que jugaban en contra de la deportividad, por mucho que en cada ocasión los patrocinios y los derechos de televisación se hacían más caros.

En los últimos años dos factores se han ramificado para crear una sinergia que en este mundial se hizo evidente: la proliferación de las redes sociales y una administración de la FIFA que percibe al fútbol tanto como un instrumento de entretenimiento masivo como un deporte. Las redes han potenciado un mundial paralelo que va más allá de los noventa minutos de juego: se resaltan perfiles de jugadores con historias conmovedoras que causan la atención de no pocos espectadores (de esos que se conmueven más con ese tipo de relatos por sobre la efectividad en el juego), se potencian las individualidades por sobre los equipos (el fenómeno del “GOAT” es el mejor ejemplo), la proliferación de sitios de apuestas y la presencia hasta el hastío de famosos y generadores de contenido en los estadios son el mejor botón de muestra de ese “otro mundial” que la FIFA no veía con mucho interés…hasta ahora.

El mundial de este año, el primero con total implicación de la administración de Gianni Infantino ha coronado al espectáculo como elemento fundamental, incluso sobre el deportivo. Desde las comentadas “pausas de hidratación” (que afectan en gran parte el aspecto deportivo del partido) pasando por el espectáculo de medio tiempo que ofrecerá el juego final son los mejores ejemplos de un fútbol que aspira a ser un evento de diversión, donde lo que ocurre alrededor es tan importante que lo que ocurre en la cancha. Incluso en las transmisiones televisivas de la copa del mundo se ha reflejado tal ímpetu mediante las numerosas tomas de cámara de los fanáticos y sobre todo, de los famosos que presencian los partidos (algunos que son celebridades solo en limitados espacios del mundo) manifiestan que el fútbol es una gran excusa para el comentario liviano expresado en el uso de las diferentes redes sociales, algo que difícilmente logra hacer un fanático del fútbol, incapaz de hacer otra cosa que estar concentrado en la pantalla observando un partido.

Y en un aspecto totalmente deportivo, el haber agregado más selecciones en la competición, elemento también resistido por quienes prefieren ver la pelotita, terminó siendo un verdadero triunfo para el ente regulador del fútbol. Se observó un mejoramiento del desempeño de las selecciones medianas e incluso de las pequeñas, lo que garantizó partidos competitivos incluso en algunas de las selecciones debutantes como el caso de Cabo Verde, la “cenicienta” de esta copa. La promesa de la FIFA de aumentar a 64 las selecciones participantes para el próximo mundial ha encontrado terreno positivo incluso por los más fundamentalistas gracias a la positiva experiencia de este mundial y sobre todo, por la posibilidad de ver muchos partidos por día, la gloria máxima del futbolero.

Al fin de cuentas, todo fue a pedir de boca para Infantino y sus millonarias pretensiones. Consiguió implementar el fútbol espectáculo en toda su dimensión sin generar los resquemores del público más futbolizado, que recibió más partidos y en su mayoría, de una muy buena calidad de juego. Todo hace pensar que la cita mundialista de 2030 solo refuerce la mirada del fútbol como un gran evento que va más allá de lo propiamente deportivo, sino como una gran fuente de entretenimiento que genera millonarias utilidades para sus organizadores. 

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