La dinámica de la prensa de espectáculos en Chile ha cruzado una línea delicada entre la opinión profesional y la agresión personal. El reciente enfrentamiento entre Sergio Rojas y Daniella Campos no es solo un “round” de farándula, sino un síntoma de una violencia verbal que, cargada de tintes misóginos, busca anular la credibilidad de las mujeres en los medios a través del ataque a su integridad moral.
El origen del conflicto: Acusaciones de “hacer la cama”
Todo comenzó cuando Daniella Campos, en el podcast Modo Cahuín, lanzó una dura crítica contra Rojas, conductor de Que te lo Digo. Campos aseguró que el periodista “ha vendido a Antonella Ríos”, exponiendo reiteradamente su salud mental para justificar su ausencia. Según la opinóloga, Rojas habría aprovechado la licencia médica de Ríos para “hacerle la cama” y facilitar el ingreso de Paula Escobar como reemplazo definitivo.
Estas declaraciones, aunque punzantes en lo profesional, fueron respondidas por Rojas no con argumentos editoriales, sino con una retórica de descalificación personal.
Violencia verbal y el estigma del “corazón negro”
En una transmisión posterior de Zona de Estrellas, Rojas arremetió contra Campos con términos que exceden la crítica periodística. Al referirse a ella como una persona con el “corazón negro” y que “tira veneno”, el comunicador recurre a estereotipos de género que históricamente se han usado para caricaturizar a las mujeres que disienten como figuras malintencionadas o “tóxicas”.
La frase más alarmante, “va a morir envenenada”, no solo es una advertencia de mal gusto, sino una forma de violencia simbólica. Al afirmar que “la gente que está tirando mierda que tenga cuidado porque se la va a tragar”, Rojas utiliza un lenguaje escatológico y violento para silenciar la opinión de una colega.
La contradicción del reemplazo y la salud de Antonella Ríos
Rojas intentó defenderse explicando que Antonella Ríos se encuentra con licencia médica y que, irónicamente, la primera opción para reemplazarla era la propia Daniella Campos. Sin embargo, justificó su exclusión argumentando que Campos “habló mal de la dueña de casa”.
Este conflicto deja en evidencia una preocupante normalización de la violencia en pantalla. Mientras el debate debería centrarse en la ética de exponer la salud mental de los panelistas o en las decisiones administrativas de los canales, la conversación se desvía hacia deseos de “muerte por envenenamiento” y ataques al carácter de las mujeres involucradas. La crítica de Campos sobre la precariedad laboral o la lealtad entre compañeros fue respondida con una agresividad que solo perpetúa un ambiente hostil en la industria televisiva.
