La labor periodística suele estar bajo el escrutinio del público, especialmente cuando las figuras ancla de los noticieros construyen una marca personal basada en la indignación ciudadana y la exigencia de estándares éticos intransigentes. Rodrigo Sepúlveda, rostro principal del departamento de prensa de Mega, se ha caracterizado por intervenciones virales donde, con tono enérgico, increpa a la clase política ante cualquier atisbo de irregularidad. Sin embargo, su reciente abordaje del escándalo que involucra a la senadora de Renovación Nacional, Camila Flores, ha despertado una ola de críticas por lo que muchos consideran un evidente doble estándar.
En una de sus últimas intervenciones, mientras se informaba sobre la investigación por un presunto fraude al fisco que ascendería a los $300 millones de pesos, Sepúlveda abandonó su habitual estilo confrontacional. En su lugar, el periodista adoptó una postura notablemente condescendiente, subrayando en múltiples ocasiones la frase “presunción de inocencia, siempre”. Esta actitud contrasta drásticamente con episodios anteriores donde, ante casos que afectan a figuras de la centro-izquierda o del actual gobierno, el comunicador no ha dudado en exigir renuncias inmediatas y proferir juicios de valor antes de que la justicia dicte sentencia.
Un silencio que habla: La ausencia de la “exigencia de probidad”
Lo que más ha llamado la atención de los televidentes y analistas de medios no es la defensa del debido proceso —el cual es un derecho fundamental— sino la desaparición de la faceta fiscalizadora de Sepúlveda. En casos como el “Caso Convenios”, sus editoriales se centraban en la responsabilidad política y el daño al erario nacional, utilizando adjetivos de alto impacto para calificar a los involucrados.
De hecho, sobre un asesinato, Sepúlveda dijo que “Chile tiene que ser un país sin corrupción. Chile tiene que ser un país sin violencia. Chile tiene que ser un país con buenas pensiones, pensiones decentes para la gente”.
“Este país tiene que tener una discusión política, pero en beneficio de las personas, en beneficio de usted, de lo que usted necesita, porque usted vota por ellos (…) y terminan sacándose los ojos”, comentó en su minuto.
En el caso de Camila Flores, la “desaforada intervención” que suele marcar la pauta de su informativo quedó totalmente ausente. Al despedir el despacho periodístico, el conductor se limitó a señalar que “es el caso que hay que investigar”, manteniendo una distancia aséptica que rara vez se le ve cuando el color político de la denuncia es el opuesto.
El impacto en la credibilidad editorial
Este cambio de tono levanta interrogantes sobre la línea editorial y la coherencia de los “rostros de opinión” en la televisión abierta. Al suavizar el discurso frente a una denuncia de tal magnitud —$300 millones de fraude al fisco—, se corre el riesgo de proyectar una imagen de parcialidad. La audiencia, cada vez más crítica, nota cuando la severidad depende de quién sea el protagonista de la noticia.
La “presunción de inocencia”, convertida hoy en el escudo discursivo de Sepúlveda, parece ser una herramienta elástica: firme y necesaria para algunos, pero olvidada en el fragor de la indignación cuando se trata de otros. Esta falta de uniformidad en la crítica política es, precisamente, lo que alimenta la desconfianza hacia los medios tradicionales en su rol de “perros guardianes” de la democracia.
En el noticiero de Mega, la periodista explicó detalladamente el fraude al fisco reiterado de la Senadora Camila Flores con el método de "La cuota Flores" (como se le conocía al interior del Congreso nacional) y Rodrigo Sepúlveda cerró con un escuálido: "Presunción de inocencia… pic.twitter.com/dRMbHgkVrK
— País Esponja (@PaisEsponja) April 9, 2026
