La seguridad pública se ha consolidado como el eje gravitante de la discusión política en Chile. Sin embargo, más allá de las cifras de criminalidad, la forma en que los líderes de opinión abordan estos hechos ante la audiencia masiva está bajo la lupa. Rodrigo Sepúlveda, rostro ancla de las noticias en Mega, protagoniza hoy una controversia que pone en cuestión la consistencia del discurso periodístico frente a distintos colores políticos en La Moneda.
La era Boric: Un periodismo de emplazamiento directo
Durante el gobierno de Gabriel Boric, el conductor se caracterizó por una retórica de alta confrontación. Ante episodios de violencia, como las encerronas con víctimas fatales en comunas como Talcahuano u Ovalle, Sepúlveda no dudaba en golpear la mesa de forma literal y figurativa. Sus intervenciones solían ser interpelaciones directas al Ejecutivo, cuestionando el “silencio” de las autoridades frente a la muerte de ciudadanos y exigiendo sanciones “durísimas” de cara al país. En aquel entonces, el mensaje era claro: la paz social debía estar por encima de cualquier proceso político, incluso sobre la Constitución.
El cambio de tono bajo la administración de Kast
No obstante, el escenario comunicacional parece haber mutado con la llegada de José Antonio Kast a la presidencia. A pesar de que los indicadores de homicidios y delitos de alta connotación social han mostrado una tendencia al alza, el tratamiento informativo por parte del periodista ha derivado hacia una estructura más institucional y menos emocional.
En intervenciones recientes, como la cobertura de la feria aeronáutica FIDAE, se observa a un Sepúlveda que prioriza la agenda protocolar y los hitos de gestión del presidente, omitiendo los encuadres de crisis que antes eran habituales. Este cambio, descrito por analistas de medios como un trato más “edulcorado”, plantea interrogantes sobre la influencia de las afinidades ideológicas en la labor de fiscalización que debe ejercer la prensa.
Consistencia y responsabilidad editorial
El contraste es evidente. Mientras que en la administración anterior los crímenes eran utilizados como catalizadores para exigir responsabilidades políticas inmediatas, en la actualidad el foco parece haberse desplazado hacia la cobertura de eventos oficiales y un optimismo cauteloso. Este fenómeno no solo afecta la percepción pública del gobierno de turno, sino que también erosiona la credibilidad de los comunicadores cuando el rigor de la crítica parece depender del destinatario de la misma.
