Más de cuarenta años tuvieron que pasar para ver a Gloria Estefan en el escenario. Era un deber, un imperativo tenerla ahí. Es que en 1983 cuando vino con los Miami Sound Machine, como decía el gran Jorge Aedo en un microprograma de TVN, “no pasó nada”.
Pero sí pasó. Nadie puede olvidar la categoría que tiene la cubana, que vino acompañada de su compañero de tantas batallas, el renombrado productor musical Emilio Estefan. Y de su hija, Emily, percusionista. Y la misma que en 1998 celebró su cumpleaños en el cierre de la Teletón, con Don Francisco invitando al público a cantarle el “Cumpleaños feliz”.
Se había adelantado que Estefan había estudiado el público chileno y las canciones que más ha escuchado de su amplio repertorio. En ello le achuntó medio a medio. Empezó con sus más grandes hits, “Oye mi canto” y “Oye”, para luego pasar por un carrusel de emociones. Desde la balada, la salsa, el merengue, y sus lentos como “No te olvidaré”.
Para que Viña sea “el festival latino más grande del mundo” debía tener un número latino que se aprecie como tal. Y en esta le achuntaron. Estefan, cuyas canciones recordaron los tiempos de la Aurora, la Pudahuel, el “Hola patito”, los matinales que cuando eran más alegría y compañía que tragedia y desesperanza la ponían como música ambiental.
La música no solo se trata de canciones o de modas. También trata de momentos, recuerdos, enseñanzas, penas y alegrías. Soundtracks u ocasiones que formaron parte de años y etapas.
Se llevó las dos gaviotas. Merecido. Se las debíamos. Viña, que acumula deudas del porte de Dicom con tantos artistas, ya cumplió su deber con creces con Gloria Estefan.
