La participación de Raquel Argandoña en Fiebre de Baile ha vuelto a abrir un debate necesario sobre los límites del espectáculo televisivo. Su trato hacia la participante Cata Days, a quien humilló en pantalla, expone un patrón que no es nuevo en su trayectoria mediática.

En el programa, Argandoña lanzó comentarios que provocaron lágrimas en la concursante. “¿Me puedes explicar por qué te sacaste los zapatos y el vestido en la coreografía? Te veías tan linda con el vestido, y si te sacas el vestido, te tienes que preocupar de que si te quedas con esa tenida levantarte la parte del calzón para que no salga el rollito, porque eso no se ve estético en televisión”, comentó en dicha oportunidad.

Lejos de mostrar arrepentimiento, reafirmó su postura días después en Podemos Hablar. Allí declaró textualmente: “¿Qué querías que le dijera?”, frase que sintetiza su estilo frontal, pero también una falta de empatía que se ha vuelto marca registrada.

Además las emprendió contra los usuarios que cuestionan sus actitudes evaluando a participantes. “Las redes sociales fueron súper duras conmigo… A mí me da absolutamente lo mismo porque no las leo… los bloqueo porque no me hago mala sangre. Si no me importa los comentarios de la gente que conozco, que me va a importar las que no conozco”, expresó.

“Desde nacimiento que soy villana… Yo no me arrepiento de nada de lo que he hecho, ni lo que he dicho tampoco. Mucha gente piensa lo mismo pero no se atreve a decirlo”, cerró.

Raquel Argandoña y un rol centrado en el conflicto

Este episodio no puede analizarse aislado. Argandoña ha construido una imagen televisiva basada en la confrontación y la superioridad moral, un rol que la industria ha premiado durante décadas. Sin embargo, cuando ese rol se traduce en humillación hacia participantes sin el mismo poder mediático, la discusión cambia de tono.

Para comprender la dimensión histórica de este comportamiento, es necesario recordar su pasado televisivo. Argandoña fue conductora de 60 Minutos, el noticiero oficialista de TVN durante la dictadura militar. En 1980 celebró el Golpe de Estado, en pleno fraude del Plebiscito Constitucional de ese año.

No se arrepintió de esto (ni de haber presentado el tongo de Neltume de 1981) y se va a arrepentir de haber humillado a la Cata Days…

RCR | #NosHacenFaltaLasDosNicole (@rabertcaamano.bsky.social) 2025-12-13T15:31:45.325Z

Un año después, en 1981, incluso presentó el conocido “tongo de Neltume”, un montaje comunicacional plasmado en un reportaje de Ricardo Coya que buscó justificar acciones represivas del régimen, a través de una supuesta guerrilla en el sur de Chile que nunca existió. Su figura, por tanto, no es ajena a discursos que refuerzan jerarquías y narrativas de poder.

Cuando salió de TVN, en 1984 llegó a Canal 11 porque Sergio Melnick -su director ejecutivo, que llegó tras el fracaso de la programación cultural implementada por la escritora Marta Blanco- la encontraba bonita y la puso no solo a leer noticias en “Panorama”, sino que también con su propio estelar llamado “Recital”, un año después.

Evaluar por estética y personalismos y no por baile

En Fiebre de Baile, ese legado parece reaparecer bajo nuevas formas. La televisión de competencia suele recurrir al conflicto para generar rating, pero cuando la crítica se convierte en ataque personal, el formato se vuelve problemático. La reacción del público en redes sociales evidencia un cansancio creciente frente a dinámicas que normalizan la humillación como entretenimiento.

El caso de Cata Days es un ejemplo claro. La participante no solo recibió comentarios despectivos, sino que además debió enfrentar la indiferencia posterior de Argandoña, quien defendió su actuar sin matices. Este tipo de situaciones instala una pregunta urgente: ¿hasta qué punto la televisión chilena seguirá validando figuras que construyen espectáculo a costa de vulnerar a otros?

La discusión no es menor. La televisión tiene responsabilidad en cómo moldea el trato interpersonal y la percepción del conflicto. Cuando voces con poder mediático refuerzan prácticas de desprecio, el mensaje que se transmite es que la humillación es aceptable.

El episodio con Cata Days debería servir como punto de inflexión. No solo para evaluar el rol de Argandoña, sino para cuestionar un modelo televisivo que sigue premiando la violencia simbólica como si fuera parte natural del show.

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