El reciente fallo del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) sobre el programa Primer Plano ha generado una ola de indignación. La resolución decidió no acoger las más de dos mil denuncias interpuestas por televidentes tras la polémica entrevista a María Paz Arancibia, emitida en agosto, donde se denunció un trato humillante, hostil y cargado de violencia verbal.
Arancibia, exreportera de CHV, reaccionó con dureza frente a la decisión del organismo. “Se televisó crueldad”, afirmó, subrayando que su dignidad fue vulnerada en pantalla. Para ella, el fallo es “un chiste” y constituye una muestra más de lo que calificó como un “Chile injusto”. Sus palabras reflejan la frustración de quienes esperaban que el CNTV actuara con firmeza frente a un episodio que expuso las malas prácticas de la llamada farándula dura.
El organismo, sin embargo, concluyó que no existían antecedentes suficientes para sancionar a Chilevisión, archivando los antecedentes sin iniciar procedimiento alguno. Esta decisión abre un debate profundo sobre el rol del CNTV y su capacidad real de fiscalizar contenidos que, lejos de promover el respeto, normalizan la violencia verbal y el espectáculo basado en la humillación.
La crítica de Arancibia también apunta al financiamiento estatal del Consejo. “Pienso que el CNTV está financiado por recursos del Estado… esta resolución no resolvió nada”, señaló. Su cuestionamiento pone en evidencia la desconexión entre las expectativas ciudadanas y las respuestas institucionales, dejando la sensación de que la televisión puede seguir operando sin consecuencias, incluso cuando se vulnera la dignidad de las personas.
¿Al CNTV le da lo mismo el bullying que ejerce la farándula?
El caso revela un patrón preocupante: la impunidad frente a las malas prácticas televisivas. La farándula dura, con sus dinámicas de hostigamiento y exposición cruel, parece contar con un blindaje institucional que perpetúa su poder en pantalla. Mientras tanto, voces como la de Arancibia quedan relegadas, marcadas por la exclusión y el descrédito. “Sé que no me van a llamar, no soy del grupo”, expresó, cerrando cualquier posibilidad de volver a la televisión tradicional.
La resolución del CNTV no solo afecta a una periodista, sino que envía un mensaje a toda la audiencia: la crueldad televisada puede quedar sin sanción. En tiempos donde la ética mediática debería ser prioridad, el fallo confirma que la farándula sigue operando con impunidad, amparada por un organismo que, en lugar de proteger a los ciudadanos, opta por mirar hacia otro lado.
Habrá que preguntarse entonces cuáles son los criterios que usaron en el ente rector de la TV chilena para tomar tan cuestionable decisión.
