El último episodio de Primer Plano dejó en evidencia la fragilidad ética de la televisión de farándula en Chile. El espacio decidió llevar a pantalla la historia de Alexander Israel, hijo oculto de Mauricio Israel, quien relató un pasado marcado por abandono, precariedad y problemas de salud.

Lejos de tratarse con sensibilidad, el programa convirtió su testimonio en un recurso de rating. La exposición pública de un joven que aún busca recomponer la relación con su padre fue utilizada como detonante para un enfrentamiento televisado entre Mauricio Israel y Julio César Rodríguez. El cruce, cargado de insultos y acusaciones, terminó eclipsando el relato de Alexander y reduciendo su dolor a un espectáculo de confrontación.

No obstante, en redes sociales alertaron que Alexander era en Twitter el usuario “Keroppi”, que acosó incluso a una usuaria. “A los 18 le envié un ramo de flores rojas con un mensaje de amor a la tuitera con la que estaba obsesionado, porque posteó su dirección accidentalmente en Twitter. Ella se asustó tanto que le escribí para explicarle que había sido yo y no quiso contestarme”, expresó.

“Dos años después, sin embargo, decidió funarme. Yo, que seguía obsesionado, intenté matarme asfixiándome, pero fallé. Estuve en terapia y, después de intentar apagar mi obsesión romántica, me recomendaron ‘transferir’ mis sentimientos a otra persona, y lo hice”, añadió.

Luego el periodista deportivo irrumpió en un móvil afuera del edificio donde se emplaza TV+ para acusar a Rodríguez de “hacerle daño” y de “pagar a familiares” para destruirlo. La escena culminó con la frase “eres un poco hombre”, antes de abandonar el despacho en vivo. Rodríguez respondió con amenazas veladas de un encuentro “sin cámaras”, reforzando la lógica de show y tensión que el programa buscaba.

“Primer Plano” y un problema gigante de espectacularizar dramas familiares

El problema no es solo el conflicto entre dos figuras mediáticas, sino la instrumentalización de un drama humano. La infancia marcada por hacinamiento, aislamiento y precariedad que Alexander relató quedó relegada a un segundo plano. En lugar de abrir un debate sobre responsabilidad paterna y abandono, Primer Plano prefirió el espectáculo.

Este tipo de televisión perpetúa una cultura donde el dolor privado se convierte en mercancía. La audiencia recibe un producto empaquetado en morbo y confrontación, mientras las víctimas reales —en este caso Alexander— son reducidas a personajes secundarios de un guion de farándula.

La crítica es clara: El estelar farandulero de CHV no buscó informar ni generar reflexión, sino capitalizar el drama familiar como entretenimiento. En tiempos donde la televisión enfrenta cuestionamientos por su rol social, este episodio confirma que la farándula sigue privilegiando el rating por sobre la dignidad humana.

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