La televisión chilena atraviesa un momento complejo, marcado por la polémica figura de Daniela Aránguiz. Sus enfrentamientos en programas como Sígueme de TV+ han desatado una ola de críticas por el tono violento y descalificador de sus comentarios hacia colegas como Mariela Sotomayor. En medio de este escenario, la defensa pública de Michael Roldán, compañero de panel, ha encendido aún más el debate.
Roldán, en declaraciones recientes, describió a Aránguiz como “buena persona” y “súper compañera”, minimizando los episodios de insultos y amenazas que han motivado campañas como #FueraAranguizDeLaTV.
“La Daniela es indiscutiblemente el personaje farandulero del momento. O sea, día por medio hay un tema de la Daniela (…) Ella es un súper elemento en todos lados”, declaró el periodista farandulero en diálogo con el programa “Noche de suerte” del mismo TV+.
Además expresó que personalmente le ha dicho “Que se le escapan los enanos para el bosque. Yo le digo: ‘no los encuentras, definitivamente’, porque cada vez se le escapan diez y vuelven ocho o tres con suerte’”.
“Tiene buenas formas de ser, es súper buena compañera, es de las personas que, efectivamente, solidariza contigo mucho. Es de esas personas que dicen ‘yo te voy a apoyar; no sé de qué, pero te tengo que apoyar’. Esa persona es la Daniela”, sentenció Roldán.
La violencia de Daniela Aránguiz: Lo que Michael Roldán decidió ignorar
Su postura, lejos de calmar las aguas, ha sido interpretada como un intento de blindar a una figura que ha cruzado límites éticos en pantalla. La audiencia, cada vez más crítica, cuestiona que los panelistas opten por la complicidad en lugar de marcar límites claros frente a la agresión verbal.
El problema no se reduce a un conflicto personal. La actitud de Aránguiz refleja una dinámica televisiva que premia el escándalo por sobre el contenido. Sus frases despectivas, que incluyen desde amenazas por WhatsApp hasta extorsiones en pantalla, evidencian una lógica de jerarquización entre mujeres que perpetúa estereotipos dañinos. Sotomayor lo denunció con claridad: para Aránguiz existen “mujeres de primera, segunda y tercera categoría”. Este tipo de discursos no solo afectan a las involucradas, sino que normalizan la violencia simbólica en espacios de alta exposición.
La defensa de Roldán, en este contexto, resulta problemática. Al destacar las supuestas virtudes personales de Aránguiz, omite la responsabilidad que implica ser parte de un panel televisivo. La televisión no puede seguir validando la agresión como espectáculo, y los comunicadores tienen el deber de marcar distancia frente a prácticas que dañan la convivencia mediática. La falta de autocrítica en el equipo de Sígueme refuerza la percepción de que la farándula chilena ha perdido rumbo, privilegiando el rating por sobre el respeto.
La campaña en redes sociales contra Aránguiz es un síntoma de un público cansado de la violencia disfrazada de entretenimiento. La defensa de Roldán, más que proteger a su compañera, expone la urgencia de repensar los límites de la televisión chilena. La audiencia exige un cambio, y la complicidad de los panelistas solo profundiza la crisis de credibilidad.
