Juliana “Furia” Scaglione, ex participante de Gran Hermano Argentina, ha cruzado fronteras para integrarse al reality chileno El Internado, emitido por Mega. Su llegada no ha pasado desapercibida: se presenta como una figura dispuesta a generar conflictos, fiel a su estilo confrontacional que la hizo famosa en su país natal.
En su presentación oficial, Furia se autodefine como alguien que “viene a generar conflictos”, y que no le interesa caer bien. Esta declaración, lejos de ser una estrategia de juego novedosa, parece repetir la fórmula que ya mostró signos de desgaste en Argentina. Su participación en el streaming libertario junto a Alex Caniggia terminó abruptamente por falta de audiencia, y su defensa pública de Javier Milei provocó el rechazo de parte de su fandom.
La apuesta de El Internado por incorporar a Furia parece orientada a capitalizar el morbo y la polémica. Sin embargo, el contexto chileno presenta desafíos distintos. El público local, acostumbrado a dinámicas más estratégicas y menos agresivas, podría no recibir con entusiasmo su estilo beligerante. Además, su historial reciente —incluyendo enfrentamientos con seguidores y el cierre de su programa en un streaming ultraderechista por baja audiencia— plantea dudas sobre su capacidad de reinventarse.
Furia llega con una narrativa de víctima del sistema, comparándose incluso con el presidente Milei, a quien defendió públicamente. Este tipo de discurso, que mezcla política con espectáculo, podría generar ruido innecesario en un formato que busca entretención más que polarización.
La producción de El Internado parece confiar en que Furia aportará intensidad y rupturas. Pero la pregunta clave es si el público chileno está dispuesto a aceptar una figura que llega con antecedentes de desgaste mediático y conflictos internos. ¿Será capaz de adaptarse y conectar con una audiencia nueva, o repetirá los mismos patrones que la alejaron de sus seguidores en Argentina?
