Por años, en lo que llamamos como la era análoga, la distribución de la información se hacía de manera vertical. Medios de comunicación, Estados y organizaciones supranacionales tenían un fuerte poder de determinación en la manera de como se entregaban las informaciones al gran público. Si bien esto podía acarrear situaciones de abuso a la libertad de expresión, en los países democráticos consistían un mecanismo de protección de la institucionalidad, sobre todo ante la amenaza de los extremos. Es de esta forma que ante un avance de los grupos contrarios a la democracia liberal, se alzaba un verdadero “cordón sanitario” que evitaba que grupos radicalizados avancen posiciones.
La digitalización de la sociedad, especialmente en la proliferación de las redes sociales, cambió la forma de como los ciudadanos intervienen con la información. Ahora cualquiera puede generar material que potencialmente adquiere el carácter de información, lo que supera la intermediación de organismos profesionales, así como estatales y supranacionales. Reiterando lo dicho en otras columnas, esta horizontalidad fue recibida con beneplácito por grupos que abogan una mayor libertad de información, al disponer de mayores plataformas para entregar puntos de vista, quebrando las barreras de la censura. Pero a los pocos años, el optimismo pasó a la incredulidad al verse proliferar por estas mismas vías, grupos que se oponen a los principios fundamentales de la democracia liberal, agitando abiertos mensajes de odio contra diversos grupos de la población.
Hoy tenemos un presente donde líderes surgidos desde las redes sociales, con un claro mensaje antidemocrático han llegado al poder, podemos ejemplificar con el mandatario de un país vecino que trata de “ratas inmundas” a sus oponentes. Estamos además insertos en un contexto donde los responsables de estas redes sociales buscan evitar cualquier control gubernamental, argumentando que son canales de opinión y no medios de comunicación. Finalmente, vemos como tanto gobernantes como dueños de redes sociales acaban aliandose en torno a intereses particulares, esgrimiendo la “defensa de la libertad de opinión”.
¿Qué se puede hacer al respecto? Algunos gobiernos han intentado levantar políticas públicas para detener la divulgación de información falsa, pero en un mundo globalizado como el que vivimos estas iniciativas son mínimas e insuficientes. Últimamente se han convocado a cumbres con la asitencia de líderes políticos y empresariales para tomar caminos comunes respecto a la proliferación de innovaciones como la inteligencia artificial, puede que estos sean pasos positivos, pero debemos entender que parte fundamental de estos cambios también están presentes en los ciudadanos comunes y corrientes. Un paso fundamental es justamente usar a nuestro favor las redes sociales, tal como fueron los primeros años, levantar plataformas de información capaces de abarcar a un gran público, contrarrestando los mensajes de odio que buscan promover diversos grupos y favoreciendo principios y actitudes que promuevan la tolerancia y el diálogo. Y algo más importante, entender que los grupos radicalizados conviven con nosotros y que jamás fueron eliminados, por muchos controles sanitarios se le abrieron en el camino.
Puede que con la presencia directa de estos grupos indeseables adquirimos mayor claridad sobre la necesidad de proteger con mayor ahínco los principios de convivencia básica entre las personas, y entender que estos elementos que parecen ser ongerentes, pueden retroceder. Tener a estos grupos al frente nuestro puede ayudar a comprender mejor lo que debemos proteger dentro de una sociedad democrática, que busca adaptarse al vertiginoso presente digital.
