Antes de cerrar el año, se anunció la parrilla definitiva del Festival de Viña 2025 con la incorporación de los destacados grupos Incubus y The Cult, no quepa dudas que es una apuesta fresca e incluso atrevida a un certámen que se considera “el festival latino más grande del mundo”. Incorporar a dos grupos cercanos al rock alternativo, cuyo espacio idóneo parece ser Lollapalooza, solo genera mayor incertidumbre sobre el público objetivo que busca congregar al certámen viñamarino.

Mega, a pesar de su enorme promoción en torno al Festival, no ha impuesto mayores cambios en torno al formato del evento propuesto por la anterior concesión, que en ojos de los críticos fue débil e insuficiente. A pesar de algunos elementos positivos (como es el caso de Karol G, Andrea Boccelli y Los Bunkers), la sensación dejada por Canal 13 y TVN fue de un retroceso en torno a la configuración de las parrillas programáticas, con números estelares poco novedosos y algunas decepciones impensadas.

Se esperaba que la señal de Bethia, al ser líder en sintonía y el único canal con holguras económicas, iba a imponer una setlist de artistas digno de una estación exitosa, sumado a su primera gestión en la Quinta Vergara llena de estrellas latinas y anglo recordadas hasta el día de hoy. Por eso, para la opinión de expertos y espectadores, la parrilla 2025 ha sido en cierto modo decepcionante.

Pero como se entenderá, responsabilizar a Mega de este declive sería también un error. Hay responsabilidades compartidas entre los organizadores, quiere decir, la Municipalidad, las estaciones organizadoras y la productora a cargo de la selección de los artistas. El gran problema fue fijado cuando en 2018 se estableció el eslógan de “festival latino más grande del mundo”, esto supone un inmenso desafío para la organización.

La música latina, guste o no, comparte lugares de privilegio en los rankings mundiales, lo que supone que el certámen que mejor los representa tiene el deber de presentar a sus mejores exponentes año tras año. Aparte de Karol G en 2023, no hemos visto que los artistas estelares del Festival sean los que están liderando la lista de los más escuchados, e incluso nos dimos el lujo de que uno de los que justamente lideran esos rankings, Peso Pluma, estuviera a punto de ser marginado del certámen por las letras de sus canciones (finalmente el mexicano no se presentó en Viña por motivos personales).

Junto con eso, la interrogante que se hace más palpable en el último tiempo es hacia qué público se busca orientar el Festival, o mejor dicho, si el objetivo de Viña es mucho más interno del que se pretende vender. Viña siempre ha transitado en una enorme disyuntiva si su calidad de “Festival Internacional” es para obtener una proyección fuera de nuestras fronteras o, por el contrario, que nosotros absorbamos lo internacional hacia nuestros gustos.

A esto le debemos sumar los caprichos de los alcaldes, que indisimuladamente influyen en la parrilla a través de sus gustos personales. Así pasamos de un festival de baladistas a uno en donde se abre un mayor espacio a la música alternativa, todo esto nos parece muy poco profesional, entendiendo que un festival debe ser algo superior a la temporalidad de una gestión alcaldicia, y que forma solo una parte del engranaje de la organización del evento.

Queda claro que lo más remarcado en los últimos años en torno al Festival de Viña del Mar es la indefinición de qué tipo de evento quiere ser. Si aspira definitivamente en ser un evento internacional o se queda como el evento mago del entretenimiento chileno para los chilenos. Decidir una u otra opción generará costos y oportunidades en una u otra opción, pero es necesario que esta decisión se tome pronto. No hacerlo es llevar a Viña al camino de la obsolescencia y la irrelevancia, síntomas que se hacen patentes con la decepción que constantemente queda en el público al conocerse los lineup (y donde los humoristas parecen ser los salvavidas para mantener un rating alto).

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