En el mundo entero la polarización se ha vuelto doctrina, las posiciones extremas han ganado posiciones en numerosos países del mundo y su expansión no parece acabar, sino todo lo contrario. A su vez, los medios de comunicación, en un intento de no quedar atrás en la sensación ambiente, se han vuelto más beligerantes en su tono. Este fenómeno no tiene más de quince años. ¿Qué pasó hace quince años?
En 2008, en medio del optimismo de la primera globalización, el apogeo de líderes carismáticos como Barack Obama y la llegada de una profunda crisis económica internacional se hicieron populares las redes sociales. Los primeros años fueron solo noticias positivas, acercaron redes familiares y de amistades alejadas por la distancia, facilitaron de información a millones de usuarios de Internet, así como fueron motores de granes movimientos sociales que no necesitaron de los medios hegemónicos para llevar sus ideas al gran público. Se auguraba que las redes sociales iban a mejorar la democracia y serían el impulso de una sociedad más justa. Poco duró ese ánimo.
Ya en 2016 vimos con perplejidad la manipulación negativa de estas redes. Primero fue el sorpresivo triunfo del Brexit en el Reino Unido, pero fue el triunfo de Donald Trump el que generó la impresión generalizada que estos portales podían ser un canalizador de falsedades y elementos que incentivan sobre todo la rabia y la indignación dentro del público. Rápidamente países como Brasil, España y nosotros mismos entramos en una vorágine donde las redes promueven un contenido que solo genera mayor desconcierto dentro del usuario que transitan entre elección de líderes de posiciones extremas hasta la radicalidad de movimientos sociales como el estallido social de 2019.
Hoy echamos la culpa de una manera muy central a los medios hegemonicos en crear un ambiente negativo y sin grandes perspectivas de futuro, pero es necesario entender que hoy los canales tradicionales de información ya no crean las agendas informativas, sino estos medios simplemente son cámaras de eco de lo que transmiten las redes sociales, y dentro de ello se encuentra aquellos sentimientos de irritación que cada vez se hace más presente en los discursos públicos.
No queremos negar que la situación social es compleja, escribo esta columna luego de conocer el criminal atentado en contra de tres carabineros en Cañete, pero justamente estas noticias, que evidentemente nos generan una sensación de genuina indignación, son las que deberían marcar un punto de inflexión en la agenda pública, y esa inflexión no es seguir en la eterna discusión de culpar a algunos de ser responsables del ambiente que vivimos, sino que asumir que la solución al momento difícil que vive el país es de responsabilidad transversal. Los valores más caros de nuestra institucionalidad están en pugna, si seguimos en el juego inútil de las redes sociales solo socavaremos nuestra convivencia social, lo que las futuras generaciones terminarán pagando muy caro.
